Nota del editor: Este artículo es parte de la Revista 9Marcas publicada por el ministerio 9Marks. Puedes adquirir la Revista impresa o en formato Kindle. También puedes descargarla gratuitamente directamente del sitio en internet es.9marks.org. En esta serie de artículos, el Dr. Schreiner comparte qué significa estar llamado a presentar todo el consejo de Dios y cómo pueden los predicadores usar la teología bíblica para cumplir con esa gran responsabilidad.


DIAGNÓSTICO: EL PROBLEMA CON MUCHO DE LA PREDICACIÓN DE HOY

En el marco de la asociación de iglesias a la que pertenezco, la Convención Bautista del Sur, la batalla por la inerrancia de la Escritura puede haberse ganado. Sin embargo, ni nosotros, ni otras iglesias o denominaciones evangélicas que han ganado batallas similares debemos felicitarnos muy pronto. Las iglesias conservadoras pueden abrazar la inerrancia de la Escritura, pero en la práctica todavía niegan la suficiencia de la Palabra de Dios. Podemos decir que la Biblia es la inerrante Palabra de Dios, y aun así dejar de proclamarla fielmente desde nuestros púlpitos.

De hecho, hay un hambre por la Palabra de Dios en muchas iglesias evangélicas hoy. La serie de sermones característica lleva en sus títulos series de televisión. La predicación a menudo se concentra en medidas para un matrimonio feliz o cómo criar hijos en nuestra cultura. Los sermones sobre asuntos de familia, por supuesto, son relevantes y necesarios, pero dos problemas surgen con frecuencia. En primer lugar, lo que las Escrituras dicen acerca de estos temas se descuida a menudo. ¿Cuántos sermones has escuchado sobre el matrimonio fiel y que urgentemente establecen lo que Pablo dice acerca de los roles del hombre y la mujer (Ef. 5:22)? ¿O nos avergonzamos por lo que dicen las Escrituras?

En segundo lugar, lo que es más grave, tales sermones son casi siempre predicados en el plano horizontal. Ellos se convierten en los ganchos semanales de la congregación y la cosmovisión teológica que impregna la Palabra de Dios y que es el fundamento de toda la vida, pasa desapercibido. Nuestros pastores se han convertido en moralistas, dando consejos de cómo vivir una vida feliz semana tras semana.

Muchas congregaciones no se dan cuenta de lo que está sucediendo porque la vida moral que esas predicaciones elogian concuerda, al menos en parte, con las Escrituras. Habla a las aparentes necesidades de creyentes tanto como no creyentes.

Los pastores también creen que deben llenar sus sermones con historias e ilustraciones, de manera que las anécdotas fortalezcan los puntos morales. Todo buen predicador usa ilustraciones. Pero los sermones pueden llegar a estar tan llenos de historias que han quedado privados de toda teología.

He oído a evangélicos decir con mucha frecuencia que las iglesias evangélicas lo están haciendo bien con respecto a la teología porque las congregaciones no se están quejando de lo que se les enseña. Esta observación es bastante aterradora. Nosotros como pastores tenemos la responsabilidad de anunciar «todo el consejo de Dios» (Hch. 20:27). No podemos depender del sentir de la congregación para determinar si estamos cumpliendo con nuestra vocación. Tenemos que confiar en lo que las Escrituras demandan. Puede darse el caso que una congregación no ha sido enseñada con seriedad en la Palabra de Dios, de modo que no se dan cuenta de cómo nosotros, los pastores, estamos fallando.

Pablo nos advierte que «entraran en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño» (Hch. 20:29). Y en otros lugares dice que «vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias» (2 Ti. 4:3). Si evaluamos nuestra predicación por lo que desea la congregación, podemos estar cocinando una receta para obtener herejía. No estoy diciendo que nuestras congregaciones sean heréticas, sólo que la palabra de Dios y no la opinión popular debe ser la prueba de nuestra fidelidad. Es el llamado de los pastores alimentar el rebaño con la Palabra de Dios, no complacer a las personas con lo que desean escuchar.

Muy a menudo nuestras congregaciones están mal formadas por aquellos que predicamos. Piensa en lo que ocurre cuando le damos de comer a la congregación una dieta constante de predicación moralista. Los niños pueden aprender a ser amables, a perdonar, a amar y a ser un buen marido o esposa (¡todas cosas buenas por supuesto!). Su corazón puede ser motivado y aun edificado. Pero en la medida en que el fundamento teológico se descuida, el lobo de la herejía se disimula cada vez más y se acerca con gran peligro. ¿Cómo? No porque el pastor mismo sea herético. Él puede ser plenamente fiel y ortodoxo en su teología. Sin embargo, infiere teología en todas sus predicaciones, pero descuida el predicar a su congregación la historia y teología de la Biblia. En la próxima generación o dos, por lo tanto, la congregación sin querer y sin saberlo, instala a un pastor más liberal. Este nuevo pastor también predica que la gente debe ser buena, amable y amorosa. También recalca la importancia de un buen matrimonio y relaciones dinámicas. La gente de las bancas no puede discernir la diferencia, ya que su teología suena como la teología conservadora del pastor que lo precedió. Y en un sentido es así, porque el pastor conservador nunca proclamó o predicó su teología abiertamente. El pastor conservador cree en la inerrancia de la Escritura pero no en su suficiencia, porque no proclamó todo lo que las Escrituras enseñan a su congregación.

Nuestra ignorancia de la teología bíblica surge a la superficie constantemente. Dos veces en el curso de los últimos diez años (una de ellas en un gran estadio con un orador cuyo nombre no recuerdo) vi al predicador invitar a las personas al altar. El sermón en el estadio estaba destinado a ser un sermón evangelístico, pero puedo decir honestamente que el evangelio no fue proclamado en absoluto. Nada se dijo acerca de Cristo crucificado y resucitado, o por qué él había sido crucificado y había resucitado. Nada se dijo acerca de por qué la fe salva en lugar de las obras. Miles de personas pasaron al altar, y sin duda se registraron debidamente como conversiones. Pero rasco mi cabeza y me pregunto qué realmente estaba sucediendo. Oré para que por lo menos algunos de ellos se hubieran convertido realmente, tal vez porque ya conocían el contenido del evangelio por haberlo escuchado en otras ocasiones. Lo mismo es cierto en un servicio en la iglesia donde estuve. El predicador extendió una invitación para «pasar al altar» y «ser salvo», pero no les dio ninguna explicación del evangelio.

Esta predicación puede llenar nuestras iglesias con no convertidos, lo que es doblemente peligroso: se les ha garantizado por los pastores que se han convertido y no pueden perder su salvación, pero están aún perdidos. Después, desde ese día en adelante, estas mismas personas son exhortados semana tras semana con el nuevo evangelio para estos tiempos postmodernos: se bueno.

 

Este artículo ha sido extraído y adaptado de la Revista de Teología de los Bautistas del Sur 10,2 (2006). Usado con permiso.