Soy, en general, una persona organizada. De hecho, escribí un libro entero sobre la productividad en el que expuse el método que utilizaba (y que aún utilizo) para mantenerme organizado, esperando, que sea efectivo en lo que hago. He empezado mis días más o menos de la misma manera desde hace muchos años, y he encontrado en aquella frase “coram deo”, una manera valiosa de asegurarme que estoy manejando mi vida de la manera más efectiva.

En muchos sentidos, todo este programa de productividad surgió de mi batalla de toda la vida con la procrastinación. Año tras año, luché en priorizar lo que era urgente e importante sobre lo que era fácil o divertido. Dejaría para mañana lo que debía hacer hoy. Luego lo pospondría una y otra vez hasta que me viera obligado a abordarlo en un estado de pánico en el último minuto. No es sorprendente que a menudo, esto no condujera a un trabajo de alta calidad.

En las últimas semanas, he comenzado a observar cómo la procrastinación se ha colado nuevamente en mi vida. Esta se acercó silenciosamente, tal vez aprovechando la oportunidad para escabullirse junto a los continuos problemas de los nervios en mis manos que he estado padeciendo y que me han mantenido alejado de mis métodos y patrones de trabajo habituales. O tal vez se coló con todos los viajes que he estado haciendo, con la interrupción y la fatiga que vienen con estos. Pero de una forma u otra me he encontrado posponiendo para el futuro lo que sé que debo hacer hoy. He estado aplazando tareas, aplazando fechas límites, permitiendo que los proyectos se alarguen una y otra vez.

Esto me llevó a cierta introspección y luego a una conclusión útil: Procrastinar es fallar en amar, una falla en amar a los demás. Y esto es exactamente lo que hace que la procrastinación sea un pecado tan feo y ofensivo. Es inherentemente egocéntrico. Es una forma de amor por uno mismo.

Todo lo que sé y creo sobre la productividad se basa en esto: La productividad es usar efectivamente mis dones, talentos, tiempo, energía y entusiasmo para el bien de los demás y la gloria de Dios.

Ser productivo no se trata primero de aumentar mi estatus, riqueza o reputación, sino de hacer bien a los demás, lo que a su vez trae gloria a Dios.

Él es glorificado en aquellas acciones que tomo para beneficiar a otros; no es glorificado en mi egoísmo o mi fracaso en amar. Si estoy comprometiendo mi vida con las cosas que más importan, la procrastinación es una oportunidad perdida de amar. Es una perturbación para otras personas en lugar de un estímulo. Promueve mi tranquilidad a expensas de ellos.

Me alegré de darme cuenta de esto, me alegré de ver que la procrastinación es algo tan horrible. Ahora, en esos días difíciles en los que me enfrento a una lista de muchas tareas, o en los días en los que sé que tengo que cumplir con mis tareas menos favoritas, me desafío a mí mismo simplemente a amar. Hacer es amar, procrastinar es fallar en amar.