Querido cristiano, ama el lugar donde vives

Soy pastor de una iglesia en el sur de California. Este lugar ha sido objeto de críticas por parte de los conservadores durante varios años, pero especialmente en los últimos días, siento que mi estado natal está a punto de ser declarado impuro por muchos cristianos que viven aquí. Cansados de los impuestos, las restricciones y las ideologías progresistas, los cristianos acuden en masa a sus propios “espacios seguros” donde se mantienen los valores conservadores.

Los creyentes en Jesucristo son libres de ir y venir cuando quieran. Como pastor, trato de animar a mis amigos a considerar varios factores al tomar una decisión tan importante como mudarse fuera del estado. ¿Cuáles son tus motivos principales (huyes de algo, o te llaman de algún lado)? ¿Cómo afectará la mudanza a tu familia? ¿Cómo afectará a tu iglesia? ¿Hay iglesias sólidas cerca de donde te vas a mudar, o tu comunidad cristiana va a estar tensa por la decisión? Nuestro Señor Jesús nos da mucha libertad cuando se trata de estas decisiones, pero hay mucho que considerar en el camino.

Sin embargo, quiero animarte, sin importar dónde vivas (y por el tiempo que estés allí) a hacer una cosa: Ama el lugar donde vives. Jesucristo nos llama como sus seguidores a amar a nuestro prójimo. Las personas que Él tenía en mente no eran las que compartirían nuestra visión de la familia, la ética sexual, la religión o la economía. Nuestros vecinos incluyen a la misma gente que a veces nos pone los nervios de punta. Jesús incluso dio un paso más allá cuando dijo que sus seguidores estaban obligados a amar a sus enemigos. Incluso orar por aquellos que los trataron con rencor.

Amar el lugar donde vives significa amar a la gente donde vives

Temo que mientras más tiempo pasemos quejándonos de dónde nos tiene Dios, menos tiempo pasaremos amando a la gente que Dios ha puesto a nuestro alrededor. De hecho, yo diría que es imposible hacer un buen trabajo amando a los vecinos de los que vives quejándote con frecuencia. Esto no significa que no podamos estar en desacuerdo con el mundo que nos rodea. Nuestro Señor Jesús no transigió en su compromiso con el mundo, pero tampoco le faltó compasión. Él no estaba de acuerdo con la misma gente con la que se sentaba a la mesa durante una comida. En los Evangelios, parece que Él pasó más tiempo reprendiendo a la institución religiosa de su tiempo que no buscaba a los pecadores, que lamentando la presencia de los mismos en Judea. Ellos eran el campo misionero, él era el médico. Los campos están blancos hoy, y en lugar de ir a la cosecha, nos quejamos de los enfermos.

Recientemente, el senador Ben Sasse escribió un artículo para el Wall Street Journal donde destacó el trabajo del cientista social Richard Florida. Sasse utilizó las categorías de movilidad, atascamiento y arraigo laboral en el estado de Florida. Señaló que muchos estadounidenses ya no eligen estar arraigados en sus comunidades. Si estamos sin un centavo, nos vemos a nosotros mismos como atascados (a menudo donde no queremos vivir), y muchas veces salimos quejándonos de nuestro entorno. Si tenemos medios, somos itinerantes y podemos viajar a cualquier lugar que queramos, a algún lugar donde nuestras afinidades sean bienvenidas y no se nos trate como a extraños.

Lo que menos abunda hoy en día son personas que eligen arraigarse en su comunidad, buscando ser sal en una ciudad herida. Esto puede incluso significar renunciar a la mejor decisión económica, por el bien de tus vecinos. Este tipo de cosas suena a locura para la mayoría de la gente hoy en día, pero el evangelio de Jesucristo les da a los cristianos la habilidad de estar arraigados porque nos enseña a poner el bien de nuestro prójimo por encima de nuestro propio deseo de consuelo. Nuestro Dios es uno que plantó raíces profundas en un lugar oscuro, rodeado de hipocresía religiosa y depravación moral, porque nos amó. En la elección de Cristo de arraigarse, Él se hizo pobre para enriquecer a su prójimo (2 Cor. 8, 9).

Ora por el lugar donde vives

A la luz de esto, oremos por los lugares en los cuales Dios nos tiene. Amar el lugar donde vives significa llevarlo ante el Señor en oración. Da gracias a Dios por el bien, y ora para que Él cambie las cosas que causan ofensa. Habla bien del lugar donde Dios te tiene. Especialmente para compartir el evangelio, esto es extremadamente importante. Cuando nos quejamos constantemente de dónde vivimos y con quién vivimos, empezamos a crear una mentalidad acerca de nosotros mismos que nos impide alcanzar intencionalmente a nuestros vecinos. Si podemos demonizarlos, se vuelve fácil justificar el no acercarnos a la cerca para ofrecerles nuestro amor. Después de todo, la gente puede ser salvada, pero los demonios están más allá de la gracia de Dios.

Busca el bien del lugar donde Dios te tiene por el momento. Como Dios dijo a Jeremías: “Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar” (Jer. 29:7). Los cristianos son extranjeros y exiliados que son diferentes, pero no están separados del mundo. Debido a que Jesús escogió amar a los pecadores y no tuvo miedo de ensuciarse las manos al alcanzarnos y levantarnos del fango de la iniquidad, podemos ser un pueblo que ama a aquellos que todavía se hunden en él. Querido cristiano, Dios vino y vivió entre nosotros y nos amó. Deja que esa realidad moldee la forma en que ves a tus vecinos y la ciudad en la que vives.