Quiero que Jesús sea mi tesoro, ¿es suficiente el deseo?

    Quiero que Jesús sea mi tesoro, ¿es suficiente el deseo?
    John Piper Responde

     
     
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    Quiero que Cristo sea el tesoro de mi vida. De hecho, constantemente encuentro que el deseo de que Él sea el tesoro de mi vida es una realidad común en mi vida que la mera acción de atesorarlo y gozarlo como mi tesoro. ¿Esto es normativo? Es una pregunta importante, y esta vez viene de un oyente del podcast llamado Kai.

    “¡Hola, pastor John! Sigo escuchando tus respuestas en este podcast hablando acerca de cómo necesitamos disfrutar la gloria de Dios, estar satisfechos en Jesús, y abrazarlo como nuestro tesoro. Pero parece que no puedo manejarlo. Siempre quiero a Jesús. Siempre quiero glorificar a Dios. Siempre es mi ambición hacerlo. Pero casi nunca siento que realmente tengo a Jesús o amo la gloria de Dios. Me siento como que siempre estoy queriendo y reconociendo mi carencia sin estar satisfecho en Él. ¿Esto es normal? ¿Es mi experiencia normal?”

    Inseguro y desanimado

    De regreso a 1980, estaba pensando en escribir un libro (en realidad, fueron los sermones primero). Esta verdad se convertiría en la pasión y el ministerio de mi vida. En 1980, me preguntaba, “¿Cómo lo debería llamar?” J.I. Packer escribió un libro llamado (conociendo a Dios), y Charles Colson escribió un libro llamado  (amando a Dios), así que decidí que el titulo seria  (deseando a Dios).

    Me gustó el sonido. Me gustó alinearme detrás de esos dos chicos. Pero había algo mas—había mucho más significado detrás del título. Puedo recordar en esos tempranos días de mi ministerio pastoral caminando a la iglesia que se encontraba a siete minutos de mi casa. Lo había hecho quince o veinte mil veces. En esos tempranos años especialmente, regularmente me sentía inseguro y un poco desanimado. Estaría orando por todo el camino hacia la iglesia por la ayuda de Dios, ya sea que fuera a una reunión del personal, un funeral o un servicio de predicación o alguna sesión de consejería difícil.

    Esperanza en Dios

    Recuerdo esos dos pasajes de la Biblia dominando mi mente para una importante etapa a mediados de los 80, quizá más que eso. Eran como la música del contestador en mi cerebro. Si llamara para pedir ayuda, este sería el mensaje de mi mente.

    Uno de ellos fue Salmos 42:5: “¿Por qué te abates, oh alma mía,
    Y te turbas dentro de mí? Espera en Dios”. Pusimos eso en un gran cartel para que yo pudiera verlo. Era una gran señal en el antiguo santuario. Ya está demolido, pero durante una década o más, tuvimos este gran letrero de “Esperanza en Dios” para que John Piper se enojara mientras caminaba hacia la iglesia.

    El salmista dice, “Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
    Salvación mía y Dios mío” (Salmos 42:11). Puedes ver esto en una oración de un hombre que su corazón no está lleno de Dios como debería estar, porque él dice, “porque aún he de alabarle”, lo que significa que las alabanzas no brotan espontáneamente de su corazón, y él lo sabe.

    Él está predicándose a sí mismo que Dios es infinitamente digno de confianza, y él está declarando su confianza en que las alabanzas van a volver. En otras palabras, esta es la oración de un hombre quien ha probado y conocido la preciosidad satisfactoria de Dios como lo mejor, y él no está experimentándolo al grado que él sabe que debería. Ahora, ese fue uno de los textos.

    ¿A quién tengo sino a ti?

    Aquí está el otro: Salmos 73:24-26. Puedo recordar ser llamado a orar en muchas situaciones donde no lo esperaba. Presionaría este botón en mi cerebro; lo llamé, y esta es la música que salió. “Con tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti?
    Y fuera de ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre” (Salmos 73:24-26).

    Ahora, probablemente si fueran un solo texto que pudiera llevarme hasta el título del libro Deseando a Dios, sería el siguiente: “¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra.”

    Cuando él dice, “Y fuera de ti, nada deseo” pienso que el salmista está diciendo de alguna manera lo que Pablo dice en Filipenses 3:8: “Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a[f] Cristo Jesús, mi Señor.

    Técnicamente, ahí hay otros deseos. Nos da hambre. Nos da sed. Tenemos deseos sexuales. Nos da sueño. Pero comparado con Dios y su comunión—todo lo que Él es en Cristo para nosotros—todos estos otros deseos se desvanecen.

    Ahora, ¿Qué tipo de deseo es este en Salmos 42 y 73? La clave de su esencia se encuentra, en 1 Pedro 2:2-3. Dice, “desead como niños recién nacidos”—aquí hay una orden—“la leche pura de la palabra, para que por ella crezcáis para salvación”. Ahora viene todo esto—una clausula importante del sí: “si es que habéis probado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:2-3).

    Piensa cuidadosamente acerca de eso conmigo por un minuto. Hay deseos que los no creyentes tienen por algo más allá de este mundo que no pueden nombrar. Estos deseos pueden que los estén guiando a Dios. Así fue para C.S. Lewis, por ejemplo.

    Hasta que una persona es nacida de nuevo, estos deseos no son deseos espirituales. No son la obra del Espíritu de Dios y no están basados en una experiencia verdadera de la belleza y valor de Dios. Son simplemente expresiones del lugar vacío en sus corazones que fueron hechos para Dios. Lo que debe pasar con esos deseos para que sean espirituales y que agraden a Dios, deseos que realmente magnifiquen a Dios, es esto: “si es que habéis probado”. Tú puedes desear a Dios si has probado a Dios.

    La diferencia entre los deseos de los no creyentes y los nacidos de nuevo es que los deseos del nacido del nuevo se deben a un nuevo sabor, un nuevo sabor espiritual para Dios. Ellos han visto algo, olieron algo, probaron algo espiritualmente diferente a cualquier otra cosa que hayan conocido antes.

    Probando el verdadero deseo

    Aquí esta lo que le digo a Kai cuando él dice, “siempre quiero a Jesús, pero casi nunca siento que realmente tengo a Jesús”. Estoy diciendo que si, por la obra del Espíritu Santo regenerador de Dios, has probado la verdadera gloria de la belleza o el valor y la grandeza de Jesús, ese sabor está presente en todo tu querer. En todo tu querer, en todo tu deseo. Por lo tanto, incluso tu querer es un deleite; incluso tu querer es satisfactorio—la verdadera experiencia de satisfacción es en Jesús.

    C.S. Lewis analizó la relación entre el deseo y la satisfacción tan profundamente como nadie más que haya conocido. Él dijo que el gozo es la experiencia “de un deseo insatisfactorio que es más deseable que cualquier otra satisfacción”.

    Déjame decirlo otra vez porque es muy profundo para alguien como Kai lo acepte. El  gozo es la experiencia “de un deseo insatisfactorio que es más deseable que cualquier otra satisfacción”. En otras palabras, el sabor de lo deseado en ese deseo es mejor que cualquier otra satisfacción.

    Pienso que él está en lo correcto cuando él dice que en la tierra jamás tendremos una experiencia de gozo en Dios que no esté compuesta principalmente de deseo. En otras palabras, solo en la presencia inmediata de Dios en el cielo, o en la nueva era, ahí hay “hay plenitud de gozo;
    en tu diestra, deleites para siempre” (Salmos 16:11).

    Por ahora, en este mundo caído, la satisfacción en Dios será en medida, no a plenitud. La manera más común que podemos experimentar esas medidas serán deseando y queriendo y anhelando basándote en un sabor verdadero.

    Si hemos probado la verdadera bondad del Señor por el Espíritu Santo, ese deseo, así como Lewis dice, será más deseable que cualquier otra satisfacción, y Dios será honrado con eso.