Este Salmo parece ser más una expresión de acción de gracias por una liberación particular que por la ayuda constante por la cual Dios siempre ha protegido y preservado su Iglesia. Se puede deducir de ello que la ciudad de Jerusalén, cuando fue azotada con gran terror y puesta en peligro extremo, fue preservada, contrariamente a toda expectativa, por el poder milagroso e inesperado de Dios. El profeta, por lo tanto, quien compuso el Salmo, elogiando una liberación tan singularmente concedida por Dios, exhorta a los fieles a encomendarse con confianza bajo su protección y no dudar de que, apoyándose sin temor en él como guardián y protector de su bienestar, se mantendrán continuamente a salvo de todos los asaltos de sus enemigos, porque es su oficio particular calmar todas las conmociones.

Para el director del coro

Salmo de los hijos de Coré, compuesto para Alamot. Cántico.

Los intérpretes no están de acuerdo con el significado de la palabra hebrea Alamot; pero sin prestar atención a todas las diferentes opiniones, mencionaré solo dos de ellas, a saber, que fue un instrumento de música o el comienzo de una canción común y conocida. La última conjetura me parece la más probable. En cuanto a la época en la que se escribió este salmo, también es incierto, a menos que, tal vez, supongamos que fue escrito cuando el asedio de la ciudad fue repentinamente levantado por la terrible y dolorosa destrucción que Dios trajo al ejército de Senaquerib (2 R. 19:35). Acepto esta conjetura, porque concuerda más con todo el alcance del salmo. Se puede ver con toda claridad que algún favor de Dios, digno de ser tenido en cuenta, tal como fue, es alabado aquí.

Dios es nuestro amparo y fortaleza,

nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios,
y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares (Sal. 46:1-2).

Aquí el salmista comienza con una expresión general o sentimiento, antes de hablar de la liberación más particular. Él comienza afirmando que Dios es lo suficientemente capaz de proteger a su propio pueblo, y que les da suficientes razones para creerlo; para esto la palabra hebrea machaseh, lo define correctamente.

En la segunda parte del versículo, el verbo “hallado”, que traducimos en tiempo presente, está en tiempo pasado, “ha sido hallado”; y, de hecho, no habría error al limitar el lenguaje a alguna liberación particular que ya se había experimentado, tal como otros también lo han expresado en tiempo pasado.

Pero como el profeta agrega el término tribulaciones en plural, prefiero explicarlo como un acto continuo, que Dios viene de manera oportuna en nuestra ayuda, y que nunca falta en el momento de la necesidad, tan a menudo como cualquier aflicción ejerce presión sobre su pueblo. Si el profeta estuviera hablando de la experiencia del favor de Dios, respondería mucho mejor si el verbo estuviera en tiempo pasado.

Sin embargo, es obvio que su propósito es exaltar el poder de Dios y su bondad hacia su pueblo, y mostrar cuán presto está Dios para brindarles ayuda, para que, en el momento de sus adversidades, no miren a su alrededor por todos lados, sino que descansen tranquilamente solo en su protección. Por lo tanto, él dice expresamente que Dios actúa de esa manera hacia ellos, para hacerle saber a la Iglesia que él ejerce un cuidado especial en preservarla y defenderla.

No puede haber ninguna duda de que con esta expresión quiere hacer una distinción entre el pueblo elegido de Dios y otras naciones paganas, y de esta manera elogiar el privilegio de la adopción que Dios en su bondad había otorgado a la descendencia de Abraham.

En consecuencia, cuando dije antes que era una expresión general, mi intención no era extenderla a todo tipo de personas, sino solo a todos los tiempos; porque el objeto del profeta es enseñarnos de qué manera Dios suele actuar hacia los que son su pueblo.

Luego concluye, a modo de deducción, que los fieles no tienen motivos para temer, ya que Dios está siempre dispuesto a liberarlos, más aún, está armado con un poder invencible. Él muestra así que la verdadera y apropiada prueba de nuestra esperanza consiste en esto: que cuando las cosas están tan confusas, que incluso los cielos parecen caer con gran violencia, la tierra parece ser conmovida y las montañas ser arrancadas de sus mismísimos cimientos, aun así, continuamos preservando y manteniendo la calma y la tranquilidad de corazón.

Es fácil aparentar una gran confianza, siempre y cuando no estemos en peligro inminente: pero si en medio de un estallido general del mundo entero nuestras mentes continúan sin perturbaciones y sin problemas, esto es una prueba evidente de que le atribuimos al poder de Dios el honor que le pertenece.

Sin embargo, cuando el poeta sagrado dice: “No temeremos”, no se debe entender que significa que las mentes de los piadosos están exentas de toda ansiedad o temor, como si estuvieran desprovistos de sentimientos, porque hay una gran diferencia entre la insensibilidad y la confianza de la fe.

Solo muestra que pase lo que pase, nunca se sienten abrumados por el terror, sino que reúnen la fuerza y ​​el coraje suficientes para disipar todo temor. Aunque “la tierra se mueva”, y “las montañas caigan en medio del mar”, son modos hiperbólicos de expresión, sin embargo, denotan una conmoción, un volver patas arriba el mundo entero.

Algunos han explicado la expresión “en medio del mar” como refiriéndose a la tierra. Sin embargo, no lo apruebo. Pero para comprender más profundamente la doctrina del Salmo, procedamos a considerar lo siguiente.

Aunque bramen y se agiten sus aguas,
aunque tiemblen los montes con creciente enojo. (Selah)
Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios,
las moradas santas del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no será sacudida;
Dios la ayudará al romper el alba (Sal. 46:3-5).

El versículo 3 debe leerse en conexión con el versículo que sigue, porque es necesario completar el sentido, como si se hubiera dicho: “Aunque las aguas del mar rugen y se hinchan, y por su feroz impetuosidad sacuden las mismas montañas. Incluso en medio de estos espantosos alborotos, la ciudad santa de Dios continuará disfrutando de la comodidad y la paz, satisfecha con sus pequeños arroyos”.

El pronombre relativo “ella”, de acuerdo con el uso común del idioma hebreo, es superfluo en este lugar. El profeta se limitó a decir que las pequeñas corrientes de un río proporcionarían a la ciudad santa una abundante causa de regocijo, aunque todo el mundo fuese movido y destruido.

Ya mencioné antes cuán provechosa es la doctrina que el escritor nos enseñó en este punto: que nuestra fe solo se prueba de verdad cuando nos enfrentamos a conflictos muy graves, y cuando incluso el mismo infierno parece abierto para devorarnos.

De la misma manera, hemos visto la victoria de la fe sobre el mundo entero cuando, en medio de la confusión más grande, esta fe se despliega y comienza a levantar la cabeza de tal manera que aunque toda la creación parezca unirse para conspirar sobre la destrucción de los fieles, sin embargo, esta triunfa sobre todo el miedo.

No es que los hijos de Dios, cuando están en peligro, se entreguen a bromear o se diviertan con la muerte, sino que la ayuda que Dios les ha prometido supera con creces todos los males que les inspiran temor.

El sentimiento de Horacio es muy hermoso, cuando, hablando del hombre justo y del hombre que se siente consciente de la culpa, dice:

“Permitid que los vientos salvajes que dominan los mares,
Tempestuosos, todos sus horrores levante;
Dejad que el aterrador brazo de Jove con relámpagos rompa las esferas;
Debajo del destrozo de mundos impávido aparece”.

Pero como no se puede encontrar a ninguna persona como él imagina, solo se burla al hablar como lo hace. Su fortaleza, por lo tanto, tiene su fundamento solamente en la seguridad de la protección divina, de modo que aquellos que ponen su confianza en Dios pueden en verdad alardear, no solo de que no desfallecerán, sino también de que ciertamente serán preservados en medio de las ruinas de un mundo caído.

El profeta dice expresamente que la ciudad de Dios se alegrará, aunque no tenga un mar enfurecido, sino solo un arroyo que fluye suavemente, para defenderse de las olas que ha mencionado. Por este modo de expresión, él alude a la corriente que fluía desde Siloé, y pasaba por la ciudad de Jerusalén.

Además, el profeta, sin duda alguna, reprende aquí indirectamente la vana confianza de aquellos que, fortalecidos por la asistencia terrenal, imaginan que están bien protegidos y más allá del alcance de todo peligro.

Aquellos que ansiosamente buscan fortalecerse por todas partes con las invencibles ayudas del mundo, parecen, de hecho, imaginar que son capaces de evitar que sus enemigos se acerquen a ellos, como si estuvieran rodeados por todos lados con el mar; pero a menudo sucede que las mismas defensas que ellos habían levantado se convierten en su propia destrucción, como cuando una tempestad arruina y destruye una isla al desbordarla.

Pero aquellos que se entregan a la protección de Dios descansan en seguridad, aunque el mundo considere que están expuestos a todo tipo de lesiones y no son lo suficientemente capaces de repeler los ataques que se les hacen. En cuanto a esto, Isaías (8:6) reprende a los judíos porque despreciaban las aguas suaves de Siloé, y anhelaban ríos profundos y rápidos.

En ese pasaje, hay una antítesis elegante entre el pequeño arroyo Siloé por un lado, y el Nilo y el Éufrates por el otro; como si hubiera dicho: ellos defraudan a Dios de su honor al pensar indignamente que cuando él escogió la ciudad de Jerusalén, no había hecho las provisiones necesarias con respecto a la fuerza y a las fortificaciones para su defensa y preservación.

Y ciertamente, si este Salmo fue escrito después de la matanza y huida del ejército de Senaquerib, es probable que el escritor, inspirado, haya usado deliberadamente la misma metáfora para enseñar a los fieles en todas las edades que solo la gracia de Dios sería para ellos una protección suficiente, independiente de la ayuda del mundo.

De la misma manera, el Espíritu Santo todavía nos exhorta y nos alienta a atesorar la misma confianza, que, despreciando todos los recursos de aquellos que orgullosamente se levantan contra nosotros, podamos mantener nuestra tranquilidad en medio de la inquietud y el problema, y ​​no estar afligidos o avergonzados a causa de nuestra condición indefensa, mientras la mano de Dios se extienda para salvarnos.

Por lo tanto, aunque la ayuda de Dios viene en nuestro socorro de manera silenciosa y amable como las corrientes que fluyen, sin embargo, nos imparte más tranquilidad que si todo el poder del mundo se reuniera en nuestra ayuda. Al hablar de Jerusalén como el santuario de los tabernáculos del Altísimo, el profeta hace una hermosa alusión a las circunstancias o condiciones de ese tiempo: porque, aunque Dios ejerció autoridad sobre todas las tribus del pueblo, eligió esa ciudad como sede de la realeza, desde la cual podría gobernar a toda la nación de Israel. Los tabernáculos del Altísimo estaban esparcidos por toda Judea, pero aún era necesario que se reunieran y se unieran en un solo santuario, para que estuvieran bajo el dominio de Dios.

En el verso 5 (Dios está en medio de ella, no será sacudida) el salmista ahora muestra que la gran seguridad de la Iglesia consiste en esto, que Dios habita en medio de ella; porque el verbo que traducimos, “será sacudida”, es del género femenino, no puede referirse a Dios, como si estuviera enseñando que Dios es inamovible.

La oración debe ser explicada de esta manera: la ciudad santa no debe ser movida o sacudida, porque Dios habita allí, y siempre está listo para ayudarla. La expresión, “al clarear la mañana”, denota que el cuidado de Dios es diariamente tan pronto como el sol se levanta sobre la tierra.

La suma del todo es esto: si deseamos ser protegidos por la mano de Dios, debemos preocuparnos, por encima de cualquier otra cosa, de que él pueda morar entre nosotros; porque toda esperanza de seguridad depende de su sola presencia. Y él habita entre nosotros con el único propósito de preservarnos ilesos. Además, aunque Dios no siempre se apresure a ayudarnos de inmediato de acuerdo con la importunidad de nuestros deseos, sin embargo, siempre vendrá a nosotros de manera oportuna, para hacer aparente la verdad de lo que se dice en otra parte, “He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel” (Sal. 121:4).

Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos;
dio El su voz, y la tierra se derritió.

El Señor de los ejércitos está con nosotros;
nuestro baluarte es el Dios de Jacob. (Selah)

Venid, contemplad las obras del Señor,
que ha hecho asolamientos en la tierra;

que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra;
quiebra el arco, parte la lanza,
y quema los carros en el fuego.

Estad quietos, y sabed que yo soy Dios;
exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros;
nuestro baluarte es el Dios de Jacob (Sal. 46:6-11)

Dado que la Iglesia de Dios nunca está exenta de enemigos, y estos muy poderosos, en consecuencia luchan contra ella con cruel y desenfrenada furia; el profeta ahora confirma por experiencia la doctrina que él había adelantado sobre el carácter inexpugnable de la protección divina.

Luego deduce de esto el motivo general de consolación, que continuamente le corresponde a Dios contener y acallar todas las conmociones, y que su brazo es lo suficientemente fuerte como para romper todos los esfuerzos del enemigo.

Este pasaje, lo admito, podría entenderse en un sentido más general, en el sentido de que la ciudad de Dios puede ser atacada por muchas tormentas y tempestades; pero que por el favor de Dios ella es siempre preservada en seguridad. Sin embargo, es más probable, como ya he dicho al principio, que el salmista hable aquí de alguna liberación notable, en la cual Dios había dado una prueba sorprendente del poder y el favor que ejerce en la preservación constante de la Iglesia.

En consecuencia, relata lo que sucedió, a saber, que los enemigos de la Iglesia vinieron con un ejército temible para arrasar y destruir; pero que inmediatamente, por la voz de Dios, ellos, por así decirlo, se dispersaron y desaparecieron. De esto derivamos un motivo invaluable de consuelo, cuando se dice que, aunque el mundo entero se alce contra nosotros y confunda todas las cosas por su creciente locura, pueden ser reducidos a la nada en un momento, tan pronto como Dios se muestre a sí mismo, favorable para nosotros.

La voz de Dios, sin duda, significa su voluntad o mandato; pero el profeta, por esta expresión, parece estar atento a las promesas de Dios, por medio de las cuales ha declarado que él será el guardián y defensor de la Iglesia. Al mismo tiempo, observemos el contraste que aquí se establece entre la voz de Dios y las convulsiones turbulentas de los reinos de este mundo.

En el versículo 7 (El Señor de los ejércitos está con nosotros), se nos enseña cómo podremos aplicar a nuestro propio uso las cosas que las Escrituras registran en todas partes sobre el poder infinito de Dios. Podremos hacer esto cuando creamos que hacemos parte de aquellos a quienes Dios ha abrazado con su amor paternal, y a quienes apreciará. El salmista nuevamente alude, en términos de elogio, a la adopción por la cual Israel fue separado de la condición común de todas las otras naciones de la tierra.

Y, de hecho, aparte de esto, la descripción del poder de Dios solo nos inspiraría temor. De ahí surge la confiada jactancia de que Dios nos ha elegido para ser su pueblo especial, para mostrar su poder para preservarnos y defendernos.

En ese sentido, el profeta, después de haber celebrado el poder de Dios llamándolo el Dios de los ejércitos, agrega inmediatamente otro epíteto, el Dios de Jacob, por el cual confirma el pacto hecho de antaño con Abraham, que su descendencia, a quien pertenece la herencia de la gracia prometida, no debería dudar de que Dios también les era favorable. Para que nuestra fe repose verdadera y firmemente en Dios, debemos tomar en consideración al mismo tiempo estas dos partes de su carácter: su poder inconmensurable, mediante el cual es capaz de someter al mundo entero debajo de él; y su amor paternal que él ha manifestado en su Palabra.

Cuando estas dos cosas se unen, no hay nada que pueda obstaculizar nuestra fe de desafiar a todos los enemigos que puedan surgir contra nosotros, ni debemos dudar de que Dios nos socorrerá, ya que él ha prometido hacerlo; y en cuanto al poder, él también es suficientemente capaz de cumplir su promesa, porque él es el Dios de los ejércitos. De esto aprendemos que esas personas se equivocan notoriamente en la interpretación de la Escritura, quienes dejan en completo suspenso la aplicación de todo lo que se dice acerca del poder de Dios, y no tienen la certeza de que él será un Padre para ellos, en la medida en que son de su rebaño y participan de la adopción.

El salmista parece continuar en el versículo 8 (Venid, contemplad las obras del Señor) la historia de una liberación por la cual Dios había dado pruebas abundantes de que él es el protector más eficiente y fiel de su Iglesia, para que el piadoso pueda obtener tanto el coraje como la fuerza para permitirles superar cualquier tentación que pueda surgir después.

Las manifestaciones que Dios ha dado de su favor hacia nosotros al preservarnos, deben mantenerse continuamente ante nuestros ojos como un medio para establecer en nuestros corazones una persuasión de la estabilidad de sus promesas. Mediante esta exhortación, hemos reprendido tácitamente la indiferencia y la estupidez de aquellos que no hacen mayor reconocimiento del poder de Dios como deberían hacerlo; o más bien, el mundo entero está acusado de ingratitud, porque apenas hay uno entre cien que reconozca que tiene abundante ayuda y seguridad en Dios, de modo que todos están cegados a las obras de Dios, o más bien, voluntariamente, cierran los ojos a lo que sería el mejor medio para fortalecer su fe.

Vemos cuántos adjudican a la suerte lo que debe atribuírsele a la providencia de Dios. Otros imaginan que obtienen, por su propio esfuerzo, cualquier cosa que Dios les haya otorgado, o atribuyen a segundas causas lo que procede solamente de él; mientras que otros están completamente perdidos en todo sentido. El salmista, por lo tanto, con justicia llama a todos los hombres, y los exhorta a considerar las obras de Dios; como si él hubiera dicho: la razón por la cual los hombres no tienen la esperanza de su bienestar puesta en Dios es porque son indiferentes a la consideración de sus obras, o tan ingratos, que no tienen en cuenta sus obras como deberían hacerlo.

Al dirigirse a todos los hombres en general, aprendemos que incluso los mismos piadosos están somnolientos e indiferentes con respecto a esto hasta que se despiertan. El salmista ensalza muy bien el poder de Dios en la preservación de su pueblo elegido, que comúnmente se desprecia o no se estima como debería ser, cuando se ejerce después de una manera ordinaria.

El escritor, por lo tanto, les presenta las desolaciones de las naciones, las grandes devastaciones, y otras cosas milagrosas, que mueven más poderosamente las mentes de los hombres. La frase “que hace cesar las guerras” debe considerarse como la intención de llevar a los fieles a esperar tanta ayuda de él en el futuro como ya lo han experimentado. Al parecer, el profeta, usa un ejemplo particular, para mostrar en general cuán poderosamente Dios solía defender a su Iglesia. Al mismo tiempo, sucedió más de una vez, que Dios sofocó en toda la tierra de Judea todos los peligrosos tumultos por los que se distraía; alejó guerras de ella, al privar a los enemigos de su valor, rompiendo sus arcos y quemando sus carros; y es muy probable que el profeta, desde una instancia particular, aproveche la ocasión para recordar a los judíos cuán a menudo Dios había decepcionado los mayores esfuerzos de sus enemigos. Una cosa, sin embargo, es bastante cierta, que aquí se expone a Dios como adornado con estos títulos, que debemos buscar la paz de él, incluso cuando todo el mundo está alborotado y agitado de una manera terrible.

En el versículo 10 el salmista parece dirigir su discurso a los enemigos del pueblo de Dios, que se entregan a sus ansias de desdicha y venganza: porque al hacer daño a los santos, no consideran que están haciendo guerra contra Dios. Pensando que solo atacan a los hombres, lo hacen presuntuosamente, y por lo tanto el profeta aquí reprime su insolencia; y para que su discurso pueda tener más peso, él presenta a Dios mismo hablando con ellos.

En primer lugar, les pide que estén quietos, para que sepan que él es Dios; porque vemos que cuando los hombres se dejan llevar sin consideración, van más allá de todos los límites y moderación.

En consecuencia, el profeta justamente exige que los enemigos de la Iglesia permanezcan quietos y callen, de modo que cuando su ira sea aplacada puedan percibir que están luchando contra Dios.

Tenemos en el cuarto Salmo, en el cuarto verso, un sentimiento algo similar, “Temblad, y no pequéis; Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad”. En resumen, el salmista exhorta al mundo a someter y contener sus turbulentas emociones, y rendir al Dios de Israel la gloria que merece; y les advierte que si actúan como locos, el poder de Dios no está restringido a los estrechos límites de Judea, y que no será difícil para él extender su brazo lejos de los gentiles y naciones paganas, que él puede glorificarse a sí mismo en cada nación. En conclusión, repite lo que ya había dicho, que Dios tiene más que suficiente, tanto de armas como de fuerza, para preservar y defender la Iglesia que ha adoptado.

Traducido por Andrés Corral