El pecado ha opacado nuestra visión y adormecido nuestra mente. No vemos a Dios tal cual es en realidad, como tampoco a nosotros mismos como realmente somos. Tenemos una concepción demasiado baja de Dios y demasiado alta de nosotros mismos. En nuestras propias fuerzas, estamos destinados a mirar a ciegas y a pensar mal.

Pero, a medida que la Palabra renueva nuestro ser interior, nuestra visión se va aclarando de manera progresiva. Nuestra mente se agudiza cada vez más. Dejamos a un lado las horribles mentiras que alguna vez creímos y aceptamos las hermosas verdades. Pensar bien —ver y entender el mundo como es en verdad— es un privilegio y una obligación que tiene cada creyente.

El deseo de Dios no es que simplemente incorporemos Sus verdades en nuestras conclusiones, sino también que reflejemos Su carácter en nuestras deliberaciones.

Pero el privilegio y la obligación que tenemos no es simplemente creer en las cosas correctas. Necesitamos llegar a esas creencias de la forma correcta. No es suficiente llegar a conclusiones teológicas que reflejan la mente de Dios; también es importante llegar a esas conclusiones de manera tal que refleje el carácter de Dios. El deseo de Dios no es simplemente que incorporemos Sus verdades en nuestras conclusiones, sino también que reflejemos Su carácter en nuestras deliberaciones.

Y me temo que en esto, muchos de nosotros actuamos pésimamente. Actualmente, la mayoría de nuestro refinamiento teológico sucede en línea. Cuando llega una noticia o surge un tema, vamos a las redes sociales donde podemos observar o participar en debates en tiempo real. No nos enrollamos en este tipo de discusiones con nuestros amigos de la comunidad, sino con extraños en el ciberespacio. No nos enfrentamos a ellos mediante interacciones cara a cara, sino por los medios electrónicos. Utilizamos formas de comunicación impulsivas y deshumanizantes y nos sorprendemos cuando nuestras discusiones se vuelven vertiginosas e inhumanas.

La Biblia nos llama tanto a la verdad como al amor —no a ese amor blando que rechaza mencionar el error, pero tampoco a la verdad que es áspera y brutal. Nuestra búsqueda de la verdad se debe hacer en amor, es decir, de una manera divina. Este amor es paciente y bondadoso (ya que Dios es paciente y bondadoso). Este amor es tierno y todo lo soporta (ya que Dios es tierno y todo lo soporta). Este amor está dispuesto a moverse con lentitud y regocijarse con poco (ya que Dios está dispuesto a moverse con lentitud y a regocijarse con poco). No se rinde fácilmente, no tiene expectativas poco realistas y no presupone malas motivaciones. Reconoce el vínculo común del Espíritu —la Fuente más profunda de la unidad más profunda posible.

Mi temor y mi preocupación por los muchos debates de la actualidad es que, aun cuando obtengamos la victoria en muchas batallas, es posible que perdamos la guerra. Podemos proteger la verdad, pero ¿qué habremos ganado si nuestro triunfo se obtuvo mediante batallas terrenales que tratan a otros creyentes como a enemigos y los pisotea? Sí, Dios quiere que defendamos el contenido del evangelio, pero también desea que defendamos al pueblo rescatado por el evangelio. Él cuida de Su verdad, pero también de Su iglesia. No se trata solamente de la victoria que es importante para Él, sino también de los medios a través de los cuales se logra esa victoria.

Como cristianos, tenemos el gran privilegio de ver el mundo tal como es en realidad, y de creer acerca de lo que este mundo es en verdad. Pero, mis hermanos y hermanas, comprometámonos a preocuparnos tanto por el viaje como por el destino. Asegurémonos de que nuestros debates y discusiones estén marcados por el carácter cristiano, así como nuestras conclusiones están arraigadas en las verdades bíblicas.