Sin Rencores

“Entonces David, asiendo de sus vestidos, los rasgó; y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él. Y lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche, por Saúl y por Jonatán su hijo, por el pueblo de Jehová y por la casa de Israel, porque habían caído a filo de espada.” – 2 Samuel 1:11-12

¡Qué tremenda imagen nos deja David en estas circunstancias! Saúl lo había perseguido incesable e incansablemente, había procurado matarlo todas las veces que tuvo la oportunidad de hacerlo, le quitó su esposa, le deshonró ante Jonatán su mejor amigo, lo juzgó sin contemplación y jamás lo dejó tranquilo durante los cuarenta años de su reinado. Sin embargo, en el momento que David se enteró de su muerte, lloró y lamentó profundamente. Saúl murió considerando a David su peor enemigo; para David sin embargo, había muerto el ungido de Jehová. Nunca guardó rencor.

¿Y tú? ¿Tienes enemigos que cuando sufren te causa felicidad? Muchos no están dispuestos a admitirlo abiertamente pero en verdad se regocijan cuando la persona que siempre los trata con desprecio o con un lenguaje altanero, tienen algún problema o situación que les ocasiona algún tipo de sufrimiento. Piensan: “Ahí tienes un poco de tu propia medicina” o “¿Ves? Ahora me toca a mí pasarla bien cuando tu sufres”.

Sin embargo, este no es el espíritu que la escritura aprueba, por el contrario, ella dice: “Cuando cayere tu enemigo, no te regocijes, cuando tropezare, no se alegre tu corazón” (Pr. 24:17) y también, “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.” (Ro. 12:14-15). David se deleitaba en la ley de Jehová día y noche (Sal.1:2) y la guardaba en medio de su corazón (Sal. 40:8), y por esta razón entendemos que él pudo ser victorioso sobre el odio y la envidia de Saúl. No existe alguna cualidad natural para esto, pero cuando el Espíritu Santo revive la voz de Dios en el corazón, entonces se produce una conducta que es incomprensible para el mundo, pero que es normal y esperada en el hijo de Dios ¿Acaso no era esto lo que acontecía en el corazón de David? ¿No recordaría lo que Dios mandaba? “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.” (Lv. 19:18).

Cualquiera sea la situación que tú enfrentes, recuerda dos cosas que nunca debes decir, “No digas: Yo me vengaré”; y “No digas: Como me hizo, así le haré; daré el pago al hombre según su obra.” (Pr. 20:22 y 24:9). Vive sin rencores y vivirás mejor. Pero sobre todas las cosas, ama a los que te aborrecen. Eso hizo Jesucristo.

¡Dios te bendiga!