Hoy en día, el cuidado personal del alma es tenido en poco incluso en el mundo evangélico. La practica de disciplinas espirituales quizás no sea tan común como en tiempos anteriores. Lo que estoy seguro es que el mundo actual presta ninguna atención a las realidades eternas que nos definen. Por lo tanto, vivimos en una época peligrosa dónde el escepticismo pude abordar nuestros corazones y engañarlos al punto que dejemos de velar sobre nuestras almas como es debido. Para que juntos reflexionemos sobre la seriedad del asunto escogí el siguiente pasaje de Deuteronomio:

“Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; sino que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos” (Dt 4:9).

Cuida tu alma

El versículo seleccionado existe en un contexto especifico, y la frase «por tanto» sirve para desvelarlo. Se dirige a una nueva generación de israelitas a punto de entrar a la tierra prometida. Israel es llamado a reverenciar y temer solo a Dios Moisés viene explicando las maravillas que el Señor había hecho en el Éxodo para liberar a Su pueblo. También, recuerda la gloriosa revelación dada en el monte Sinaí, donde el pueblo de Dios entró en un pacto con Él, y se comprometió a obedecer Su Palabra.

Ante hechos tan asombros, el escritor eleva una solemne exhortación: «cuídate y guarda tu alma con diligencia». Por «alma» entendemos todo el ser. Y la amonestación es a brindar cuidado sobre el ser interior del hombre. “¡Guardar tu alma!” es la advertencia que se nos da. Pero… ¿de qué  debemos cuidarnos?

El capitulo entero conecta esta admonición con un tipo especifico de idolatría: la del corazón. Cuando Moisés dice «para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto» lo relaciona con «guardaos bien, ya que no visteis ninguna figura el día en que el SEÑOR os habló en Horeb de en medio del fuego […] No sea que levantes los ojos al cielo y veas el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército del cielo, y seas impulsado a adorarlos y servirlos, cosas que el SEÑOR tu Dios ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos.» (v15, 18).

Hoy en día el alma del hombre se encuentra abandonada como una vieja casa en la que ya nadie habita. Las personas del mundo ponen tanto énfasis en lo exterior que olvidan las realidades eternas que llevan dentro. La idolatría del corazón sucede cuando pensamos, recordamos, meditamos, amamos, disfrutamos, valoramos, admiramos, escogemos, obedecemos y seguimos algo o alguien más que a Dios. Y de eso debemos cuidarnos. Porque “el corazón es una fabrica de ídolos” (J. Calvino).

San Agustín solía referirse a Dios como el Gozo Soberano, el Maximo Deleite y la Riqueza del alma. Tomas de Aquino prefería hablar de Dios como el Sumo Bien, la Bondad absoluta. John Piper habla de Cristo como el Tesoro Supremo. Entonces, si queremos acertar en el concepto que tenemos sobre la idolatría, debemos preguntarnos:

¿Hayamos en otros placeres deleites más grandiosos que los que encontramos en todo lo que Dios es para nosotros en Cristo?

¿Hay alguna criatura bajo el sol o sobre los cielos a la que admiremos más que a Dios?

¿El cofre de nuestro corazón atesora a Dios como una perla de gran precio?

¿Cada dádiva en la vida es un pequeño río que nos lleva al océano infinito de bondad -la Fuente de vida eterna- o escogemos los dones por encima del Dador?

Cuida tu corazón

El versículo continua llevando nuestras almas hacia el desengaño bajo las palabras «para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida». Por «las cosas que tus ojos han visto» se refiere a la liberación del Éxodo. Esa ocasión cuando el Señor desnudó Su diestra, desplegó Su poder, e hizo obras portentosas que jamás  habían sido hechas antes, ni fueron hechas después, entre las naciones.

Pero la advertencia se dirige a no olvidarse. Israel era un pueblo de fe débil. Moisés fijó su mirada en el Invisible, pero el resto de la nación era incrédula. No aprendieron a mirar lo que no se ve. Por eso una y otra vez el libro de Deuteronomio recrimina el olvido que la nación hace de su Dios. Pero el enfoque es no apartarse de Dios en sus corazones. Por «corazón» entendemos el asiento de la mente, los afectos y la voluntad del hombre. Y para captar la urgencia de esta llamada, tenemos que echar un vistazo al concepto teológico del «corazón» que tenia Moisés en los últimos años de su vida. El corazón es:

    • Obstinado (Dt 2:30)
    • Orgulloso (Dt 814)
    • Lleno de justicia propia (Dt 9:4-5)
    • Duro (Dt 10:16, 15:7)
    • Idolatra (Dt 11:16)
    • Engañoso (Dt 13:3, 8:2)
    • Escurridizo (Dt 17:17, 20)
    • Temeroso del hombre (Dt 20:3, 8)
    • Engreído (Dt 29: 18-19)
    • Incircunciso (Dt 30:6)
    • Extraviado (Dt 30:17)

Por lo tanto, razones sobran para prestar oído a esta reprensión. Así que, cuando creemos dentro nuestro que jamás nos desviaremos de la senda del Señor o que no necesitamos escuchar un sermón tan antiguo para una época tan moderna, entonces, ¡estamos confirmando que todo lo que el profeta pensaba de nuestros corazones es cierto! Nuestra ceguera a la belleza de Dios, nuestra sordera a la Palabra de Dios, nuestra indiferencia con el amor de Dios, nuestra dureza hacia el Hijo de Dios y nuestra enemistad contra la santidad de Dios, son más peligrosas y profundas de lo que solemos considerar.

¡Cuidado! “[…] Presta atención a mis palabras, inclina tu oído a mis razones; que no se aparten de tus ojos, guárdalas en medio de tu corazón. Porque son vida para los que las hallan, y salud para todo su cuerpo. Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.” (Pro 4:20-23). ¿Por cuánto tiempo debemos cuidar nuestras almas? La duración de esta lucha se observa en la cláusula «todos los días de tu vida».

Cuida a los demás

Finalmente nuestro texto agrega un pensamiento característico de Deuteronomio: «sino que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos». La palabra «sino» hace sonar una nota de contraste, ¡en vez de olvidarte de tu Dios enseña de Él a otros! Las implicaciones que veo en estas palabras son tres.

Primero, una persona que abandona a Dios en su corazón, desde ya, no está preocupado por recordárselo a sus hijos. Por lo cual, aquí hay un resultado de causa y efecto. Si nosotros velamos debidamente sobre nuestras almas, estaremos en condiciones de ayudar a otros a hacer lo mismo. Pero el hombre que hace de su corazón un boliche para que el diablo y el pecado armen una fiesta cada fin de semana, no estará inclinado a recordarle el amor de Dios en Cristo a su familia, ni los animará a la piedad de vida.

También, esto demuestra que el alcance del concepto teológico que Moisés tiene sobre el corazón humano abarca desde la caída de Adán hasta el ultimo hombre que respire sobre la tierra el día del fin del mundo. Este grandioso profeta lleno de días, adornado con cabellos plateados, presenta sus pensamientos maduros sobre el hombre y nos enseña que sin importar la época, generación o lugar, el corazón humano es malo y depravado.

La amonestación del pasaje es aplicada a los oyentes originales, a los hijos de estos ¡y a los nietos que vendrían! Así  que, padres y madres, abuelos y abuelas, tomemos en serio la doctrina del pecado original. Nada hay más catastrófico que una generación de hombres y mujeres que tratan con liviandad el pecado enraizado en los corazones de sus hijos.

En ultimo lugar, se despierta en mi el pensamiento ya conocido, pero muy importante, de que el principal ministerio de los padres es pastorear el corazón de sus hijos. Nuestros hijos son las luces que alumbrarán las generaciones venideras. Depende de nosotros el cuánto abrevemos sus almas en las dulces aguas del evangelio. Depende de nosotros prepararlos como puntas de lanza para penetrar la dura armadura que la sociedad se a colocado contra la Palabra de Dios. Leamos algunos texto sobre esto:

“Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.” (Dt 6:5-7).

“Porque Él estableció un testimonio en Jacob, y puso una ley en Israel, la cual ordenó a nuestros padres que enseñaran a sus hijos; para que la generación venidera lo supiera, aun los hijos que habían de nacer; y estos se levantaran y lo contaran a sus hijos, para que ellos pusieran su confianza en Dios, y no se olvidaran de las obras de Dios, sino que guardaran sus mandamientos; y no fueran como sus padres, una generación porfiada y rebelde, generación que no preparó su corazón, y cuyo espíritu no fue fiel a Dios.” (Sal 78:5-8).

Prestemos más atención

Como podemos observar, debemos cuidar nuestras almas de la idolatría, recordarle a nuestros corazones la belleza de Dios y enseñarle a nuestros hijos sobre Su grandeza. Esta solemne exhortación nace por la liberación que el Señor obró a favor de Israel cuando los libró de la esclavitud de Egipto. Lo interesante es que el Nuevo Testamento ofrece un eco de esta asombrosa reflexión. Bajo realidades superiores, la Iglesia es redimida y liberada de la esclavitud del pecado por la muerte y resurrección de Cristo. Y a la luz de estas realidades celestiales se nos da la siguiente amonestación:

 

“Por tanto, debemos prestar mucha mayor atención a lo que hemos oído, no sea que nos desviemos. Porque si la palabra hablada por medio de ángeles resultó ser inmutable, y toda transgresión y desobediencia recibió una justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? La cual, después que fue anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, tanto por señales como por prodigios, y por diversos milagros y por dones del Espíritu Santo según su propia voluntad.” (Hebreos 2:1-4).