Al cumplir los cuarenta compré mis primeros bifocales; ya no puedo leer la letra pequeña. El óvalo de mi cara se está distorsionando y mi cuerpo se va desgastando. Lo cierto es que estoy envejeciendo. Y esto me ocurre desde el día de mi nacimiento. No importa cuánto dinero y esfuerzo invierta en cremas, masajes, gimnasio y cirugía: la lucha contra el paso del tiempo la tengo perdida.

Vivimos en una era donde se sobrevalora la juventud. Las mujeres solemos mentir sobre nuestra edad. Hay abuelas que obligan a sus nietos a llamarlas mamá, y señoras que no celebran sus cumpleaños para evitar que alguien imprudente les pregunte la edad. Algunas están tan obsesionadas que se someten a un sinfín de cirugías para borrar los surcos latentes del correr del tiempo y de los años vividos.

La hermosura de la juventud es una de las trampas del mundo (1 Jn. 2:15-16). Crea la ilusión de satisfacción y felicidad duradera, pero a medida que los años avanzan y se va perdiendo lozanía y belleza todas sus promesas dejan un gran vacío e insatisfacción. “Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al Señor, esa será alabada” (Prov. 31:30).

La mujer que ha hecho de su rostro y cuerpo su dios vive en esclavitud y pecado. Ostenta su belleza y se ufana de su apariencia, mas sus “ojos altivos” los aborrece Dios (Prov. 6.17 RVR1960). Pablo, al hablar sobre las viudas que aprovechaban su soltería como excusa para ser vanidosas y coquetas, dice: “la que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta” (1 Tim.5:6).

El problema real de esta mujer no es que cree la mentira de que la diosa belleza y el dios juventud le darán felicidad duradera, sino que ella se ama tanto a sí misma que no quiere, ni tampoco puede, conocer a Dios. Mas en el ocaso de su vida, cuando sus cabellos se tornan gris, ella teme al porvenir porque descubre que los ídolos de antaño ya no le dan seguridad ni satisfacción.

La belleza que perdura

En contraste, hay otra mujer que no tiene miedo a envejecer porque desde su juventud ha puesto su esperanza en el Dios verdadero. Y aunque su cuerpo se va desgastando, su espíritu va cobrando fuerza día tras día (2 Cor. 4:16).

Cumplir años para ella es un regalo y un verdadero privilegio. No asume la vejez como la pérdida de la tan apreciada juventud, sino como el honor de haber alcanzado plenitud y sabiduría. “La cabeza canosa es corona de gloria” (Prov. 16:31).

Ella es dueña de una belleza afable y apacible que nunca se marchita, la cual es preciosa delante de Dios (1 Ped. 3:4). Su joya más valiosa es un corazón manso y humilde que revela la obra de la gracia transformadora del Espíritu Santo en su vida.

Esta santa mujer no descuida su apariencia física, pero tampoco la hace su prioridad. El estudio de las Escrituras, la oración y la adoración a Su Señor, sí lo son. Gracias a esta piadosa costumbre ella sonríe al futuro con esperanza, pues sabe que solo es una extranjera y peregrina en la tierra (Heb.11:13).

Lejos está de ser una mujer perfecta. Ella peca, falla y se equivoca, no obstante, su incapacidad de obedecer perfectamente la ley moral de Dios es lo que la empuja una y otra vez a los pies de su amado Salvador para clamar: ¡Abba, Padre! (Rom. 8:15).

¿Conoces a una mujer con estas cualidades? ¿Quisieras llegar a ser una dama cuya belleza no se marchita con el paso de los años?

Una mujer preciosa para Dios

Si hablamos de una mujer anciana que vivió amando a Cristo y anhelando su venida, esa fue Ana. Ella era anciana; ¡muy anciana!, dice Lucas en su evangelio. Tenía ochenta y cuatro, y había quedado viuda a solo siete años de su matrimonio (Lc. 2:36-38). Su vida, que pudo haber sido solitaria, vacía, triste y sin propósito, fue para la gloria de Dios.

Desde que enviudó, Ana se entregó por completo al Señor. Aun a su avanzada edad enseñaba la Palabra de Dios y hacía ayunos y oraciones en el templo. Ella tenía una hermosura sin igual. Fue una anciana feliz, sus canas eran como una corona de perlas sobre su cabeza, sus arrugas como diademas que embellecían su rostro, y sus manos eran tan ágiles como dos linces cuando hurgaba en su ajada y deslucida Biblia.

Día y noche Ana rogaba por la venida del Mesías, el Redentor de su pueblo. El Señor recompensó el amor que siempre mostró hacia su nombre (Heb. 6:10). El día que José y María llevaron al bebé Jesús al templo para presentarlo, Ana estaba allí; y por la gracia de Dios y su infinita misericordia, ella vio, besó y acurrucó entre sus envejecidos brazos al Dios de su salvación.

La experiencia de Ana es un anticipo de lo que nos espera a las hijas de Dios. Aquellas que vivimos añorando el regreso de nuestro amado Salvador.

Mujer, haz todo lo que esté de tu parte para amar al Señor. No desperdicies los días de tu juventud adorando ídolos inútiles. La belleza es como la flor del campo que en la mañana florece y al caer la tarde se marchita. Pon tu esperanza en Dios. “Pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el SEÑOR mira el corazón” (1 Sam. 16:7).

El más hermoso adorno de una mujer creyente no es su belleza física ni su elegancia al vestir, sino su conducta casta y obediente, la cual es sumamente preciosa a los ojos de Dios. 

Si desde tu juventud escoges al Dios verdadero como compañero inseparable, irás cultivando con el paso de los años la belleza que fluye de lo íntimo del corazón, la cual procede de un espíritu dulce y sereno. Entonces, el día que suene la trompeta y te toque ir a Su presencia, el Rey del universo deseará tu hermosura (Sal. 45:11; Rom. 2:16).

“El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2:17).