Testificando Nuestra Debilidad: María Magdalena

Durante mucho tiempo, aun siendo cristiana, sentía vergüenza por quien era. Evidentemente, reconocer que era una criatura caída era motivo de dolor y alegría a la vez, porque aun así, Dios me amó.

Lo cierto es que esta verdad alimentaba mi vida pero, de alguna manera, mientras la abrazaba con el corazón, la rechazaba con mi mente. Albergaba sentimientos de rechazo por haber crecido en un hogar disfuncional y creer que era la vil consecuencia del pecado de mis padres.

Quizás este no sea tu caso. A lo mejor vienes del hogar funcional que yo no tuve, pero te avergüenza recordar tu rebeldía y desobediencia; a lo mejor tuviste un pasado sumergido en corrupción y banalidad; tal vez estas batallando con aspectos invisibles como el orgullo, altivez, inconsistencia espiritual; pero también puede que hayas sido un cristiano de domingos, con una vida aparente muy religiosa pero vacía, un sepulcro blanqueado.

Entonces te preguntas “¿qué dirán mis hermanos o amigos si supieran de dónde vengo o lo que fui? ¿Cómo puede mi testimonio glorificar a Dios?”

Cualquiera que haya sido o sea tu pecado, lucha o debilidad, quiero decirte que no debes sentir temor o culpa por ello: Tu deuda delante de Dios ya fue pagada cuando fuiste redimido, y habla de la excelencia del poder de Dios para salvar y cambiar nuestras vidas, además de que muestra que no hay imposibles para Él.

En la Biblia encontramos varios ejemplos de vidas que tuvieron un pasado gris, entre los cuales tenemos a María Magdalena, Pedro y Pablo. Te invito a que los repasemos juntos. Veremos cómo Dios se glorificó en estas personas, y cómo sus testimonios apuntan a la misericordia y bondad del Señor.

María Magdalena

El primer ejemplo que quiero que veamos es el de María Magdalena. Uno de los primeros detalles que leemos sobre ella, es que de esta mujer habían salido siete demonios (según los evangelios de Lucas y Marcos).

Es importante destacar que el hecho de la expulsión de estos demonios no necesariamente advierte que María Magdalena haya estado sumergida en una vida de pecado (prostitución como muchos sugieren). El pastor John MacArthur explica:

“En todos los casos, sin embargo, la posesión demoníaca es presentada como una aflicción, no como un pecado en sí… Siempre se les presenta como personas atormentadas, no como malhechores obstinados… Invariablemente la Escritura las presenta como víctimas con vidas completamente arruinadas”[1].

Este autor afirma que ésta era posiblemente la situación de María Magdalena: Una vida miserable, afligida, que requería compasión. Y como si no fuera suficiente con un demonio, ella era siete veces atormentada por esta posesión que probablemente tenía siete aspectos o manifestaciones distintas: Depresión, infelicidad, vergüenza, ansiedad, temor, oscuridad, en fin.

No obstante, a través de su encuentro con el Maestro ella fue restaurada, libertada de la opresión del maligno, transformada en vaso de honra, llegando a servir activamente a Jesús en su ministerio (Lucas 8:2).

El hecho de que ella estuviera tan cerca de los apóstoles y otras mujeres sirviendo a Jesús, evidencia su cambio de vida. Apunta a que María estaba en el círculo más íntimo del Señor, y estando allí, que no había duda alguna de que su salvación y regeneración eran genuinas (cp. Romanos 6:18).

Ella ya no era la endemoniada, pero el que ambos evangelios hablen de ese aspecto de su vida pasada, apunta y glorifica al Dios que con su poder hizo lo que nadie humanamente podía hacer: Hacer de ella una criatura plena y nueva.

María también estuvo presente durante la crucifixión del Señor (Mateo 27:56). Ella no se acobardó ni corrió como hicieron casi todos los discípulos, siempre estuvo cerca de Jesús. Presenció además las primicias de la resurrección, gozando del beneficio eterno de ser la primera persona que vio y escuchó al Señor ya resucitado (Marcos 16:1-5; Juan 20:14).

Esto es lo que tenemos registrado en la Escrituras sobre María Magdalena. Ella personifica la entrega y amor que debe brotar de un corazón inmensamente agradecido por la transformación que sólo Dios puede obrar. Su testimonio también debe movernos a buscar fervientemente mantenernos cerca de nuestro Salvador.

Hacer memoria de su pasado era un recordatorio de la misericordia, el poder y amor del Señor para con ella. Si bien ese pasado fue oscuro, ella pudo testificarlo a otros para que conozcan la grandeza del Dios al que adoramos.

En nuestra próxima entrega estaremos revisando la vida de Pedro y la manera en que Dios lo restauró después de su negación.


[1] John MacArthur, Doce Mujeres Extraordinarias (Grupo Nelson, 2006), p. 195.