En el Antiguo Testamento, el lugar que Dios eligió para encontrarse con su pueblo era un lugar de santidad contagiosa. Estaba tan saturado de santidad que solamente con tocar los instrumentos de adoración en el tabernáculo una persona podía ser santificada. 

Dios le habló a Moisés sobre el altar consagrado. “Entonces el altar será santísimo, y todo lo que toque el altar será santificado” (Ex. 29:37b). Respecto a la mesa en el tabernáculo, el altar del incienso, el candelabro y los utensilios, Dios dijo: “Los consagrarás y serán santísimos; todo aquello que los toque será santificado”. (Ex. 30:29). El lugar santo de Dios estaba lleno de cosas santas que existían para santificar al pueblo. De hecho, después de darle a Moisés las instrucciones sobre el tabernáculo, Dios se identificó a sí mismo como “el Señor que os santifico” (es decir, que los hace santos. Ex. 31:13b). 

Esta santidad contagiosa se extendió también a las vestiduras de los sacerdotes de Dios: 

“Cuando salgan al atrio exterior, al atrio exterior donde está el pueblo, se quitarán las vestiduras con que han estado sirviendo y las dejarán en las cámaras sagradas, y se pondrán otras vestiduras a fin de no santificar al pueblo con sus vestiduras.” (Ez. 44:19, énfasis agregado). 

¡Las personas santas de Dios podían transmitir Su santidad a quienes se encontraban afuera solo con un toque! Esa realidad arrojó luz sobre una historia similar en los evangelios. 

Aferrarse de Jesús

En una ocasión en la que Jesús pasaba por medio de una muchedumbre, una mujer desesperada se agarró de su manto. Esta mujer “había tenido flujo de sangre por doce años, y había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, sino que, al contrario, había empeorado” (Mc. 5:25-26). Cuando ella escuchó que Jesús estaba en el pueblo, se dijo a sí misma: “Si tan sólo toco sus ropas, sanaré” (Mc. 5:28). En medio de la multitud, la pobre mujer juntó coraje para hacerse camino hasta el Señor y así poder tocarlo. 

Según la ley, el sangrado de esta mujer la mantenía religiosamente “impura” (Lv. 15:19) y cualquiera que la tocase quedaría también impuro. Sin embargo, cuando tocó a Jesús, algo maravilloso sucedió: después de doce años de sufrir de ser impura, el flujo de sangre se detuvo y ella experimentó el poder sanador de Dios (Mc. 5:29-30). 

Todos los otros médicos la habían defraudado, pero no así el gran Médico (Mc. 2:17). Al tocar a Jesús, estaba tocando el verdadero y santo templo de Dios. Al tocar su manto, tuvo en sus manos las vestiduras sacerdotales de Cristo que eran más contagiosas que su impureza y Su poder fluyó en ella, sanándola y purificándola. 

Hoy en día, hay muchas personas que sufren una sensación de contaminación, impureza, corrupción y vergüenza. Se sienten aislados de la comunidad de adoración como le sucedía a esta mujer porque luchan con diversas dolencias y pecados que los mantienen alejados del Santo. 

La buena noticia es que Jesús aún está obrando para purificar a aquellos que están desesperadamente sin esperanza y desechos. Solo necesitas tocarlo. Por ahora, no nos asimos con nuestras manos del Cristo que transmite santidad, pues Jesús ascendió al cielo. Mientras esperamos que regrese en cuerpo a la tierra al final de los tiempos, ¡podemos aferrarnos a Jesús con las manos de la fe! 

Por medio de la fe, puedes asirte de Jesús ahora mismo, sin importar cuán impuro te sientas, y experimentar el mismo poder que experimentó esta mujer. De hecho, su sanidad no vino simplemente porque tocó a Jesús (muchos en la multitud lo habían hecho), sino porque lo tocó con fe. “Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda sana de tu aflicción” (Mc. 5:34, énfasis agregado). 

La vida cristiana consiste en ir continuamente a Jesús con esa misma fe y asirnos de él. Cuando lo hacemos, Él quita las cosas que nos aíslan en la vergüenza y nos llena de su santidad. No dejes que Jesús pase de largo.