Como cristianos, estamos acostumbrados a escuchar que  toda actividad sexual fuera del matrimonio es mala. Tanto es así, que hemos asumido lo contrario: toda actividad sexual dentro del matrimonio es buena. La realidad es que los cristianos casados también pueden experimentar el pecado en su vida sexual. Aquí hay tres maneras en las que podemos usar el sexo de forma dañina dentro del matrimonio:

1. Podemos negarnos a tener sexo para castigar a nuestro cónyuge

Cuando alguien nos ha molestado, nuestro mecanismo de defensa natural es construir un muro a nuestro alrededor que le impida hacerlo de nuevo. Esta es una forma de protegernos a nosotros mismos. A menudo pasaremos de la autodefensa, al daño; buscando maneras de hacer que la otra persona sienta el dolor que nosotros hemos sentido. Una forma en que podemos tratar de lastimar a nuestro cónyuge en el matrimonio es negándonos.

En cierto sentido, esta es una manera de defendernos y dañar al mismo tiempo. Nos defendemos no siendo vulnerables, y dañamos reteniendo algo precioso. En situaciones como esta, necesitamos ejercitar el perdón. El perdón rompe las paredes de la defensa dejando de lado el intento malicioso de hacer daño.

Si se ha estado negando a sí mismo a su cónyuge para castigarlo por algo que ha hecho, considere hablar con él sobre cómo lo ha ofendido.

Sea honesto sobre su deseo de retenerse y lastimarlo. Ore por el perdón. Puede ser que su cónyuge también necesite pedir perdón por lo que sea que haya hecho y que le ha herido. Retener la intimidad del otro es grave según el apóstol Pablo, quien escribió: “No os privéis el uno del otro, excepto de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; volved después a juntaros a fin de que Satanás no os tiente por causa de vuestra falta de dominio propio.” (1 Cor. 7:5)

2. Podemos exigir sexo egoístamente

Ahora bien, ¿Que no debamos negarnos a nuestro cónyuge significa que tiene derecho a exigirnos sexo? La respuesta es no. En el matrimonio, Cristo llama a los maridos a amar a sus esposas como a la iglesia (Ef 5:25). El amor de Jesús por su novia fue desinteresado a punto tal que “se dio a sí mismo por ella” (v.25). Este llamado a amar de forma desinteresada se extiende a nuestra relación sexual dentro del matrimonio.

Debemos, como Pablo exhortó, tener la mente de Cristo: “Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.” (Fil 2:3-4)

El sexo egoísta dentro del matrimonio puede ser tan pecaminoso como el sexo ilicito fuera del mismo, ya que es una forma de hacer que nuestro cónyuge se niegue a sí mismo en lugar de negarnos nosotros por nuestro cónyuge.

3. Podemos usar el sexo para avergonzar a nuestro cónyuge

El sexo es una parte íntima del vínculo matrimonial, por eso es en extremo sensible.

Cuando estamos frustrados por nuestra vida sexual, podemos decir cosas hirientes a nuestro cónyuge relacionadas con esta área de nuestro matrimonio. Esto puede dañar aún más la intimidad creando una brecha entre las parejas. Salomón escribió: “Hay quien habla sin tino como golpes de espada, pero la lengua de los sabios sana.” (Prov. 12:18). Es lamentable, pero podemos usar las palabras para hacer que nuestro cónyuge se sienta inseguro de sí mismo.

Si una pareja tuvo una historia sexual antes del matrimonio, eso puede servir como alimento para la lengua ardiente (Stg 3:6). En momentos pecaminosos avivamos el pasado para hacer que nuestro cónyuge se sienta mal.

Aquí también necesitamos dar un paso atrás para considerar si hemos estado usando nuestras palabras como un arma que golpea una de las partes más sensibles de nuestra relación. Si has usado tus palabras de esta manera, arrepiéntete de ser imprudente. Considera la bondad de tu Salvador, Jesús. Él conocía tus secretos más oscuros y aún así no los usó en tu contra.

En lugar de avergonzar a los quebrantados, Jesús les habla palabras de gracia (Lc. 7:36-50). De la misma manera: “No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan.” (Ef. 4:29).

Conclusión

El sexo dentro del matrimonio puede ser bueno, pero si no tenemos cuidado puede ser tan egoísta como el sexo fuera del matrimonio.

Las parejas casadas pueden convertir el sexo en un arma que lleve a frustraciones en la intimidad, la buena noticia es que no tiene por qué ser así. Como el amor de Cristo da forma a cada aspecto de nuestros matrimonios, incluso nuestra intimidad puede convertirse en un ejemplo de servicio desinteresado en donde ambos son vulnerables, comprometidos y enamorados. No en el sentido sentimental, sino en el sentido de sacrificio.