Una alta imagen de la Gloria de Dios

La plenitud de la vida cristiana y todo lo que esto implica no puede experimentarse sin pasar por ese momento alucinante cuando la gloria de Dios se convierte en el todo del creyente. Si no has pasado por esa experiencia, aún te queda mucho por conocer. Este es el momento en el que aprenderás más humildad, en el que descubrirás que eres tan pequeño y que tu propósito se encuentra en vivir para Su gloria. Muchos cristianos tienen alguna idea en cuanto a Dios, pero el concepto de Su gloria se les escapa mientras viven día tras día atrapados entre el amor a Dios y la creencia egocéntrica de que la vida les pertenece.

La gente se pregunta una y otra vez: “¿Qué es exactamente la gloria de Dios? ¿Qué significa que el propósito de mi vida es para Su gloria?” Lo cierto es que, la gloria de Dios es tan vasta que ni un solo capítulo, ni un solo libro, ni el cañón más grande podría contener jamás todo lo que Él es. Pero allí, en la inmensidad imposible de quién es Dios, encontramos una definición de Su gloria: Es cada aspecto y atributo de Dios.

Él es de la eternidad hasta la eternidad. Donde lo mejor de la humanidad se acaba, Dios apenas comienza. Mientras que nosotros como humanos somos propensos a creer cuánto se nos necesita, Dios, de hecho, no deja de estar mejor con nosotros y tampoco deja de estar peor sin nosotros. Él es la joya de la corona de Su propia corona gloriosa. A Él, la gloria lo define. Una vida de propósito para la humanidad se encuentra únicamente cuando Él se convierte en el propósito. Dios existe para Sí mismo. Nosotros existimos para Su gloria

(1 Cor. 10:31)

Reflexiona en tu vida por un momento. ¿Se ha establecido en tu alma el inmensurable valor de la gloria de Dios? ¿Has sido sacudido hasta la médula por la finitud de tu propia fuerza y autoridad? ¿Estás plenamente consciente de que, si se te permite despertar todas las mañanas, es por la pura misericordia de aquel que le da permiso a tu corazón para que bombee el flujo sanguíneo que tu cuerpo necesita para respirar una vez más?

Lo cierto es que, todo cristiano pierde de vista la gloria de Dios de vez en cuando y necesita un momento de renovación al dedicarle su corazón y sus afectos a Él una vez más. Dios debe ser el objeto de nuestros afectos y el centro de nuestro mundo. Hay tres cosas que renuevan nuestro compromiso para vivir —y de crecer en nuestra comprensión— para Su gloria.

Estar sobrecogido por Su carácter

Una alta imagen de la gloria de Dios se renueva al estar sobrecogidos por Su carácter. Los atributos revelados de Dios son el conducto que estimulan nuestros afectos por Él. ¡Vivimos con mayor plenitud para la gloria de Dios cuando sabemos exactamente quién es Él!

Jonathan Edwards sirvió de modelo del gozo que encontramos al buscar conocer quién es Dios al escribir: “Los momentos más grandes de mi vida no han sido los que concernían a mi propia salvación, sino aquellos cuando he sido transportado a una comunión con Dios y contemplado Su hermosura y deseado Su gloria… Me regocijo y anhelo vaciarme y extinguirme de mí mismo para que pueda estar lleno solamente de la gloria de Dios y de Cristo”. [1] Jonathan Edwards, “Las obras de Jonathan Edwards, ed. Edward Hickman (Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1974), 1:lxv-lxxiii, citado por Joel R. Beeke, “Living for God’s Glory” (Viviendo para la Gloria de Dios) (Orlando, FL: Reformation Trust Publishing, 2008), 147.

Sus atributos son infinitos y aun así, Él escogió revelarnos lo que necesitamos para crecer en relación con Él y en nuestra relación con Él. Estar sobrecogidos por Su carácter es conocer Sus atributos, entre los cuales se incluyen:

– Su eternidad (Gén. 1:1)

– Su Soberanía (Sal. 115:3)

– Su Sabiduría infinita (Ro. 11:33)

– Su Bondad (Sal. 34:8)

– Su Misericordia (Ef. 2:4-5)

– Su Justicia (Ro. 2:5)

– Su Gracia (Ef. 2:8-9)

– Su Amor (1 Jn. 4:8)

– Su Santidad (Isa. 6:3)

En el marco de cada una de esas características, la naturaleza infinita de Dios queda demostrada. ¿Qué más hay? Dios es perfecto en Su expresión de tales atributos. En otras palabras, todo lo que Él hace y la manera en que lo hace, es perfecto, sin importar cómo nos pudiéramos sentir de este lado del cielo.

Estar consciente de tu propia corrupción

Pocas cosas elevan tanto nuestra imagen de la gloria de Dios como una imagen apropiada de uno mismo. Bíblicamente hablando, estamos corrompidos y Dios sabe que Él es lo mejor que tenemos si Él está de nuestro lado. Romanos 3:23 declara: “Todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios”. Claramente, ¡jamás vamos a estar a la altura! Ese es el

primer paso para estar conscientes de nuestra corrupción. Citando al salmista, Pablo escribe: “No hay justo, ni aun uno”. (Rom. 3:10). Somos unos completos fracasados en lograr algo, excepto en pecar, y somos unos completos desastres en ser “suficientemente buenos” para con Dios.

Ahora, antes de que te arrastres al rincón oscuro de la desesperanza y de la vergüenza, acepta esa realidad en tu mente y abraza el peso que tiene sobre tu corazón. Necesitas estar bien al admitir lo que ves en el espejo espiritual de tu vida si deseas vivir para la gloria de Dios. Por naturaleza, somos “hijos de ira” (Ef. 2:3). ¡La mala noticia debe estar presente si vas a celebrar la buena noticia! La Gloria de Dios se convierte en el todo cuando tu confianza en tu propia justicia se convierte en nada.

Debes estar dispuesto a decir como Pablo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” (Rom. 7:24-25a). Sin lugar alguno adonde acudir para encontrar la solución a nuestra corrupción, no tenemos otra opción excepto caer de rodillas como mendigos ante el trono de nuestro misericordioso y glorioso Dios. Jamás estamos tan listos para comprender la gloria de Dios que con este estado de desesperanza.

Adorar a Jesucristo

La Biblia deja abundantemente en claro que la gloria de Dios se encuentra en Jesucristo. Él es el resplandor de la Gloria de Dios (Heb. 1:3), la revelación de la gloria (Jn. 1:14), y el que regresará en gloria (Lc. 21:27). La alta imagen de la Gloria de Dios está cimentada en tu adoración a Cristo. Y, para dar un paso más, es imposible tener una alta imagen de la gloria de Dios sin un amor fervoroso por Jesús. ¿Por qué otra razón Pablo dijo con una valentía resonante en Filipenses 1:21, “¡Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia!”? Porque él conocía el incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, su Señor (Fil. 3:8).

El fiel obispo de Liverpool, J.C. Ryle, pronunció con tanta hermosura lo mismo que Pablo al decir que “Cristo lo es todo” (Col. 3:1) en su libro “Santidad”. Él escribió: “Cristo es la esencia de ambos, del cristianismo práctico y del doctrinal. Un conocimiento correcto de

Cristo es esencial para el correcto conocimiento tanto de la santificación como de la justificación. Aquel que busca la santidad no hará ningún progreso a menos que le otorgue a Cristo Su legítimo lugar …debemos comprender que Cristo lo es todo”. [2] J.C. Ryle, “Santidad – Versión abreviada”, (Chicago, IL: Moody Publishers, 2010), 247-248.

Si deseas experimentar la plenitud de la fe cristiana, Cristo es la clave. Dedícate a esconderte en la Roca de la eternidad, adorándole humildemente a Sus pies.

Allí, al humillarte bajo Su sombra, hallarás la imagen más alta de la gloria de Dios.