La Biblia habla mucho de nuestras palabras. De hecho, si hacemos una exploración rápida del Libro de Proverbios, descubriremos que un gran porcentaje de este libro se enfoca en nuestro hablar, en nuestras palabras y en la lengua. En los 31 capítulos del libro (si usamos la versión LBLA), la palabra «lengua» aparece 20 veces, «hablar» aparece cuatro veces y «palabras» aparece en 41 ocasiones. Por lo tanto, es fácil concluir que Dios quiere que prestemos atención a cómo hablamos y el uso que damos a las palabras.  

Un refrán popular dice: «Yo soy tan fea, como tan franca». ¿Alguna vez has conocido a alguien que, a nombre de la sinceridad, dice las cosas como primero vienen a su mente? Yo sí, y no es un cuadro agradable. Por ejemplo, una amiga a quien hace mucho tiempo no ves te saluda diciendo: «¡Cómo has engordado!». O tal vez su expresión fue: «¿Te pasa algo? Noto que estás muy delgada». Pudiera ser que nosotras mismas, sin pensarlo dos veces, comencemos a ofrecer consejos no solicitados a otra mamá que está batallando con su hijo en el mercado o en el pasillo de la iglesia. «Si fuera yo…». «Cuando mis hijos se portaban así, yo…». «¡Si fuera mi hijo…!». 

Recuerdo esas ocasiones en las que también he pronunciado palabras sin «filtrarlas»; frases que luego lamento porque no fueron bien escogidas. Veamos un proverbio que nos habla de ese tema. 

«El corazón del justo medita cómo responder…». (Prov. 15:28a) 

Ayuda al escoger las palabras 

No siempre podemos decir todo lo que pensamos, o de la manera en que lo pensamos. Es necesario aprender a pensar antes de hablar. ¿Qué hacer entonces? Tenemos que entrenar nuestras mentes para que se detengan antes de hablar. El cerebro es un músculo y, como todo músculo, necesita ejercicios para dar su máximo potencial. En este caso en particular, algo que me ayuda es hacerme las siguientes preguntas:  

¿Son necesarias mis palabras?  

¿Van a beneficiar o a perjudicar?  

¿Podría expresarlo de otra manera, con amor y sin herir?  

La Palabra de Dios nos exhorta a decir siempre la verdad, de modo que no se trata de que «adornemos» las cosas o que no seamos sinceras. Es cuestión de considerar lo que digo y revestirlo de amor, tal y como nos indica Pablo en este versículo: «Sino que hablando la verdad en amor, crezcamos en todos los aspectos en aquel que es la cabeza, es decir, Cristo» (Ef. 4:15). 

Aprender a decir la verdad con amor es un requisito para el discípulo de Cristo, y hacerlo nos lleva a parecernos más a Él. ¿Acaso no es esa la meta de toda mujer sabia, llegar a ser como su Señor?  

Hace años estaba en una reunión y se suscitó una discrepancia entre algunos de los asistentes. El asunto se fue acalorando, el tono cambió y las palabras dejaron de ser amables para convertirse en duras, casi ofensivas. En medio del conflicto uno de los participantes intervino y lo que dijo nunca se me olvidará, creo que al resto de los presentes les sucedió igual. Estas fueron sus palabras: «Una verdad dicha sin amor es crueldad». Se hizo silencio y los presentes reconocieron la sabiduría de lo dicho. Luego vinieron las disculpas y gracias a Dios la reunión pudo continuar.  

Esto me hace recordar a nuestra conocida mujer ejemplar de Proverbios 31, porque ella también nos dejó un legado en cuanto al tema de las palabras bien escogidas: «Abre su boca con sabiduría, y hay enseñanza de bondad en su lengua» (31:26). Esta mujer dominaba el arte de seleccionar sus palabras para hablar con amor. ¡Cuánto tenemos que aprender de ella! Mujeres mandonas sobran, mujeres que enseñen o manejen su hogar con bondad son casi una especie en extinción. Sin embargo, a ese grupo nos ha llamado Dios, al grupo que marca la diferencia, al grupo que imita a Cristo; y si estudiamos todos los Evangelios veremos que en las palabras de Jesús nunca faltó la bondad, incluso cuando lidiaba con Sus enemigos. 

Es difícil controlar nuestra lengua, lo sé. Me gustaría poder decir que lo hago cada vez que abro la boca, pero estaría mintiéndote. Sin embargo, no es  imposible. Dios nos ha dado la capacidad. El dominio propio es parte del fruto del Espíritu Santo en la vida del creyente. Así que es cuestión de someternos a Su guía y obedecer en nuestro corazón. Digamos como el apóstol Pablo que, aunque no lo hemos logrado todavía, proseguimos a la meta.  

(El contenido de este artículo fue tomado del libro «Una mujer sabia», publicado por B&H Español.)