Cómo vencer el pecado del enojo 

Todo enojo que nos lleva a pecar es un enemigo duro. Es egoísta, apasionado y nos gusta ser complacientes con él. Pero yo encuentro particularmente difícil luchar contra el enojo cuando siento que tengo el “derecho” de sentirlo. 

Enojarse por lo que creemos injusto 

Este tipo de enojo, el que nos lleva a pecar, es diferente de una simple rabieta o una irritación pasajera. Generalmente sabemos que estos últimos no son correctos porque son evidentemente incorrectos. Pero el enojo que queremos justificar generalmente proviene del sentirnos desilusionados, decepcionados, desanimados o heridos. Y esto podría ser así porque: 

  • Nuestra relación con alguien sigue siendo conflictiva, a pesar de haber tratado de mejorar las cosas en innumerables ocasiones. 
  • Una debilidad personal nos sigue persiguiendo, exasperantemente, a pesar de los intentos de cambiar que hemos hecho. 
  • Nos sentimos atrapados en una situación que es difícil, dolorosa o aparentemente sin salida. 
  • Una traición nos ha hecho sufrir y el responsable continúa con su vida como si nada. 
  • Estamos buscando la guía de Dios en una decisión crucial y Él parece estar en silencio. 
  • A pesar de nuestros esfuerzos y nuestras oraciones por un mover del Espíritu Santo en nuestra familia, iglesia o comunidad, nada parece estar sucediendo. 

Podemos pensar que es nuestro derecho estar enojados acerca de estas cosas porque, desde nuestra perspectiva, nos parecen injustas y esto nos lleva a vernos a nosotros mismos más como víctimas que como pecadores. 

Enojarse por lo que nos resulta confuso 

O quizás nos enojamos por la ambigüedad que estas situaciones nos plantean. Nos dejan con preguntas sin contestar. En un algún sentido, sabemos que Dios ha prometido disponer todas las cosas para nuestro bien (Ro. 8:28), pero en el día a día, donde vivimos, las cosas no parecen ser tan claras y nos causan confusión. 

¿Es posible que las cosas nos resulten así porque no estamos ejercitando nuestra fe como debiéramos (Fil. 2:12-13)? ¿Será que no estamos viendo los resultados que quisiéramos porque, como la de los discípulos, nuestra fe es poca (Mt. 17:19-20)? ¿Será que no estamos orando correctamente, o lo suficiente (Lc. 8:1-8)? Como los doce creyentes de Éfeso, ¿estamos ignorando algo importante (Hch. 19:1-7)? ¿Nos sentimos estancados porque Dios no actúa, o porque nosotros no actuamos? 

Cuando examinamos nuestra situación, no estamos exactamente seguros. Podemos encontrar ejemplos bíblicos que apuntan en distintas direcciones. ¿Qué espera Dios de nosotros? ¿Por qué no nos lo dice más claramente? 

La frustración se acumula en nuestro interior. Lo que percibimos como injusto o confuso nos puede tentar al enojo. Y el enojo puede parecernos, entonces, seductoramente justificable. 

¿Cómo saber que nuestro enojo no es justo? 

Sin embargo, este tipo de enojo no es justo. Un árbol es conocido por sus frutos (Lucas 6:43-45). Podemos afirmar que el enojo es pecaminoso porque experimentamos su efecto contaminante en nosotros. 

El enojo que es justo trae un fruto de redención. En el enojo que es justo, participamos del enojo santo de Dios contra la maldad. Es un enojo que experimentamos junto con Dios, y no hacia Dios. Este tipo de enojo nos lleva a tener actitudes de fe, amor y verdadera justicia. El enojo que es justo experimenta dolor (Mr. 3:5) y porque es, en realidad, una expresión de amor y un profundo rechazo a la forma en que la maldad difama a Dios y destruye a la gente, no es arrogante o rudo, no es obstinado ni con resentimiento (1 Co. 13:4-5). Ni en la vida real, y ni siquiera en las fantasías, desea venganza (Ro. 12:19-20). Y al estar unidos a Dios en este rechazo, inducido por el amor, somos llevados a orar. 

Pero el enojo que nos hace pecar no trae fruto redentor. Por el contrario, nos deja con una oscura sensación de esterilidad, irritabilidad y frustración. Nos produce un nudo en el estómago. El enojo nos aísla, nos aleja de Dios. No nos impulsa hacia actitudes de fe, amor y justicia sino hacia actitudes de egoísmo, como el aislamiento, la irritabilidad, la desconsideración, la obstinación y la amargura. El enojo que nos hace pecar se caracteriza por dolerse egoístamente en autocompasión, y no dolerse de la maldad produciendo en nosotros el cáncer del cinismo que devora nuestra fe y erosiona nuestro deseo de orar. 

Todos sabemos que es necesario hacer morir este pecado del enojo, pero este en particular es tan difícil porque su negativa a morir apela tan convincentemente a nuestras emociones: “¡Tengo derecho a estar enojado!”. Así es como se siente; así queremos que se sienta. Nos habla con halagos que alimentan nuestro orgullo, y de la misma manera que el pecado sexual, nos complace ser indulgentes con él y nuestra naturaleza de pecado no quiere parar. 

Haciendo morir nuestro derecho a estar enojados 

Hay sólo una manera de hacer morir el pecado del enojo: humillarnos a nosotros mismos. El combustible del enojo es el orgullo, así que es necesario cortarle el suministro. La mayor parte de nuestro enojo se disipa al humillarnos a nosotros mismos de dos sencillas maneras: 

Tenemos que orar. Ya sabemos eso, pero el problema es que cuando el enojo se despierta no sentimos el deseo de hacerlo. Y eso es lo que debemos recordar: es de esperar que no queramos orar, porque la oración es en esencia un acto de fe y de humillarnos a nosotros mismos. Más allá de nuestra resistencia emocional inicial, orar de corazón realmente es el comienzo para que nuestro enojo se desvanezca. Dios quiere que seamos honestos en nuestras oraciones. Independientemente de que percibamos algo como injusto o nos genere confusión, no tenemos una razón legítima para estar enojados con Dios. El enojo contra Dios es incredulidad. Y lo que más necesitamos es, entonces, confesar honesta y francamente nuestro enojo hacia Él, arrepentirnos de la mejor forma posible y pedir Su ayuda: para entender lo que podemos y confiar en Él en lo que no entendemos. Él ha prometido responder a nuestra humildad con Su gracia (Stg. 4:6).  

Tenemos que hablar de eso. El orgullo odia confesar el pecado a los demás. Si experimentamos resistencia a hacerlo, es un claro indicador de que el orgullo está en la raíz del problema. Hablar con alguien acerca de ello nos ayuda en nuestra lucha contra el enojo. Nos aclara la mente. Una mirada ajena, más objetiva, nos ayuda a corregir nuestra perspectiva y contestar honestamente la pregunta, ¿por qué tengo derecho a estar enojado? Contestar en voz alta esta pregunta a menudo deja en evidencia nuestras presunciones erradas y nuestro orgullo. 

Hacer morir el enojo que se siente justificado es duro. Es una mentira insidiosa disfrazada de justicia. Y es espiritualmente dañina. Cuando el enojo ocupa todo nuestro ser, como un cáncer que hace metástasis, nos hace sentir vivos, nos complace, mientras que humillarnos se siente como morir, pero es exactamente al revés. 

“La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg. 1:20). Nuestro enojo nunca hará lo que es justo, ni dará respuestas a la confusión. Pero humillarnos delante de Dios (1 P. 5:6) nos da la seguridad de que la verdadera justicia prevalecerá (Sal. 37:6) y todo lo que nos resulta confuso, en el tiempo de Dios, cobrará sentido (Pro. 3:5-6). 

Artículo publicado en Desiring God | Traducido con permiso por Sebastian Winkler