Yo soy la vid

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer”

Juan 15:5

Vamos a situarnos en el contexto de cuando Jesús habló esta metáfora. Estamos en la última cena justo la noche antes de Su crucifixión. Jesús identificó a su traidor y lo manda a que salga del lugar para dar comienzo a lo que Judas había planeado, aunque no sabía que al final glorificaría a Jesús. Él había explicado que iría donde Su Padre, pero sus discípulos estaban totalmente confundidos.

Los 12 habían pasado los últimos tres años junto al Maestro, todos estaban esperando el día cuando Él derrocaría el gobierno romano e instalaría el reino judío, ¿cómo pues ahora les dice que se va? ¡Y peor aún! ¡les está anunciando que uno de ellos es un traidor! Cada uno comenzó a preguntar si acaso sería él el traidor, ¡esto nos dice que ninguno sospechaba de Judas! Él caminaba con los otros todo el tiempo, era parte de los 12 discípulos y nadie se dio cuenta que él no era fiel al maestro y que nunca había hecho un compromiso con Jesús. Aparentemente, Judas se veía igual que los otros 11, ¡aparentaba ser creyente! Esto me recuerda el refrán “No son todos lo que están y no están todos lo que son.”

Hay varios principios que esto nos enseña, primero, no todos en la iglesia o en una organización cristiana son necesariamente creyentes. De hecho, ni el liderazgo necesariamente es creyente (Judas mantenía la bolsa de dinero, Jn. 12:6) y aun cuando son creyentes, no todos tienen el mismo grado de compromiso. Segundo, si no estamos caminando en El Espíritu, es fácil ser engañados (Jn. 15:5).

Jesús, el sabio de todos los tiempos, está enseñándoles estos principios mientras los tranquilizaba prometiéndoles la llegada del Espíritu Santo, como guía para que ellos demuestren amor a través de la obediencia. Ellos no se habían dado cuenta de que, si el Espíritu Santo no moraba en el hombre, lo que Jesús pedía era imposible lograr (Jn. 15:5).

Él no solamente estaba enseñándoles, sino que estaba demostrando lo que precisamente estaba ocurriendo en ese mismo evento. Hay uno que ellos creían que era un hermano (Judas), cuando en realidad era un no creyente. Los discípulos pensaron que tenía amor, compromiso y fortaleza para seguir a Cristo, cuando en realidad, unas horas más adelante todos estarían huyendo y por si fuera poco, uno negaría al Maestro cuando una simple mujer en la calle y no una autoridad con poder de arrestarlo, ¡lo identificó como uno de sus seguidores!

Jesús les pide salir del aposento alto, ellos van caminando por Jerusalén en la oscuridad de la noche rumbo al jardín donde Judas lo traicionará entregándole a las autoridades judías. ¿Y cuál fue la señal que Judas utilizó para identificarlo? La señal de amor, ¡un beso! (Luc. 22:47-48). ¡Que falsedad! Pero no debemos extrañarnos porque “Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Cor. 11:14).

Justo antes de que esto ocurriera, Jesús les dio una analogía para que los discípulos pudieran identificar de mejor manera quien es un verdadero discípulo de Cristo. Desde ese momento y en adelante, Jesús ya no iba a caminar con ellos físicamente, así que tenían que aprender a oír Su voz a través del Espíritu Santo.

Recordemos, Jesús primero se identifica como el gran “Yo soy”, Dios mismo (Éx. 3:14).  “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador” (Jn. 15:1) “Yahweh”, El Padre, es el viñador, quien tomó la iniciativa de sembrar y cuidar la viña y Cristo es la vid verdadera. Como creador, Cristo es quien da vida física a los sarmientos (Col. 1:16), y ahora, está demostrando que es Su Palabra que da la vida espiritual y es El Espíritu Santo quien da el poder de seguir hasta el final (1 Cor. 1:8), mientras ellos demostrarán el Fruto de su nueva vida (Sal. 92:12-14).

Por sus frutos los conoceréis

Después, Jesús menciona 2 tipos de sarmientos: aquellos que dan fruto, es decir, los creyentes; y aquellos sin fruto, los no creyentes. La forma de distinguir entre los dos es que aquellos quienes no aceptan a Jesús como El Mesías, no dan fruto. Pueden parecer hermanos, quizá lo que dicen es bíblico, pero su forma de vivir, es decir, su fruto, es realmente lo que identifica como un creyente verdadero (Mat. 7:16).

Y, ¿cuál es este fruto? En el contexto de esta metáfora, tener amor el uno por el otro y tener gozo aun en las tribulaciones. Los verdaderos sarmientos tienen actitudes piadosas, deseos y anhelos piadosos, sus afectos son piadosos, tienen virtudes que demuestran el fruto del Espíritu y su comportamiento es piadoso. Ellos caminan en las buenas obras que Dios preparó de antemano (Ef. 2:10).

Yo soy la resurrección y la vida

Nuestro fruto no nos salva, eso nos queda claro (Ef. 2:8), pero sí demuestra nuestra transformación (Stg. 2:17).  Sabemos que Jesús no hace referencia a que los creyentes pierden su salvación cuando menciona a los sarmientos que son echados fuera, por lo que Juan 15:3 nos enseña, “Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado.” Aquellos que han creído en La Palabra, han sido lavado por la sangre de Cristo, y entonces están limpios. Ellos no necesitan bañarse de nuevo, solamente necesitan “limpiar sus pies” pidiendo perdón por los pecados cometidos diariamente para restaurar su relación con Dios (Jn. 13:10).

Los creyentes van a experimentar ataques de afuera y también de adentro, y, por ende, es vital reconocer quién es quién. En Juan 15:19-20, Nuestro Señor les advierte que el mundo les odiará y les perseguirán, sin embargo, el fruto del Espíritu que deberán mostrar es “que os améis los unos a los otros” (Jn. 15:17).

El resto de la metáfora es demostrar que las persecuciones, las dificultades, los malos sabores de la vida, son precisamente lo que el Viñador utilizará para formar el fruto en ellos (Rom. 8:28) y así formar en ellos Su imagen (Rom. 8:29). Pero si no experimentan las dificultades, el sarmiento no será podado (Jn. 15:2), sin embargo, si aplican la Palabra a sus vidas, el crecimiento vendrá de la misma Vid, la Palabra de Jesucristo. Aquellos que parecen hermanos, creyentes y en realidad no lo son, serán quitados y quemados en el infierno (Jn. 5:6).

Las reacciones que ellos experimentarán con el arresto de Cristo demostrarán que “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5).  Él dijo que estaba partiendo para ir donde Su Padre, sin embargo, no dijo que los iba dejar solos, sino que Él enviaría al Espíritu Santo (Jn. 16:7). Él es quien les guiará, les enseñará, les convencerá, les fortalecerá y quien los llevará a su eterno lugar con Jesucristo. Poco tiempo después de estas cosas, ellos enfrentarán muchas tribulaciones, sin embargo, no estarán solos, Jesucristo a través de la morada del Espíritu Santo caminará con ellos, ¡y nada ni nadie puede frustrar los planes de Dios! (Is. 14:27).

Así como todo lo que fue escrito en la Biblia, esta metáfora no fue escrita solamente para los discípulos, sino para todas nosotras. Jesús eligió 12 hombres, la mayoría sin educación formal (1 Cor. 1:27-28) y les convirtió en hombres que Él utilizó para cambiar el mundo. Ellos no tenían iglesias hermanas para ayudarles, sino que dependían totalmente del Espíritu Santo, ¡y Él se mostró fiel! ¿Él cambia? ¡Claro que no! (Heb. 13:8).

Espero que cada una de nosotras podamos soltar las cosas del mundo en las que solemos depender, y aprendamos a solo depender más y más en aquél que tiene todo el poder, sabiduría y el anhelo de cambiarnos. Que el Señor nos utilice para Su gloria.

Bendiciones